—¡Rafaela!
La hubiese reconocido entre mil mujeres más. Se abrazaron estrechamente, llorando, con la inmensa emoción de alegría y dolor que experimentan los que se separaron jóvenes y vuelven á reunirse en la vejez, al otro lado de la vida. Después el maquinista abrazó á Manolo.
—¡Qué guapo estás!—balbuceó, cuando las palpitaciones de su corazón, encalmándose un poco, le permitieron hablar.
Don Adolfo se despidió.
—Yo llevo prisa—dijo—; ya nos veremos mañana.
Saludó y se fué.
Amadeo Zureda, llevando á Rafaela á la derecha y á su izquierda á Manolo, salió de la estación.
—¿Está muy distante el pueblo?—preguntó.
—Dos kilómetros apenas—repuso ella.
—Entonces, vámonos á pie.