Amadeo Zureda no respondió, y acercando la cabeza á la ventanilla fingió distraerse con el paisaje. Las declaraciones del antiguo ambulante le aterraron; él se hallaba ignorante de todo; Rafaela, en sus cartas, nada le había dicho; y se admiró de ver cómo la fatalidad le asediaba y negaba ese descanso á que todos los hombres trabajadores, aún los más miserables, tienen derecho. Retrocediendo por el odioso camino de sus recuerdos, llegó al origen de su desgracia. Veinte años antes, el señor Tomás, al notificarle las relaciones de Rafaela con Manuel Berlanga, había declarado:
«Dicen que la pega.»
Y ahora, don Adolfo, refiriéndose á Manolín, repetía las mismas palabras:
«Yo creo que la pega.»
¿Qué misteriosa conexión habría entre estas afirmaciones que parecían poner un nexo de oprobio entre el hijo y el amante muerto?... Y las palabras del viejo ambulante volvieron á sonar en los oídos de Zureda y se agarraron fatídicas á su alma:
«Manolo no parece hijo tuyo.»
Sin haber leído á Darwin, Amadeo Zureda, instintivamente, buscaba en las leyes de la herencia una explicación y un consuelo al tósigo que le mordía. El nunca, ni aun de mozo, fué aficionado á beber, ni á los naipes, ni faldero, ni menos entrometido y bravucón. ¿Quién, por tanto, pudo deslizar en la sangre de su hijo tantas depravaciones?...
Don Adolfo y Zureda descendieron en la estación de Equis. Declinaba la tarde; en el andén sólo había seis ó siete personas. El anciano ambulante exclamó, designando con la mano á una mujer y á un mozalbete que se acercaban:
—Ahí tienes á tu gente.
Esta vez, al ver á Rafaela, Amadeo no vaciló: era ella, á pesar de su vientre abultado, de su semblante carnoso y triste, de sus cabellos blancos... ¡era ella!...