—¡Sí, hombre!...—replicó don Adolfo—; Rafaela, la lavandera...

—Eso es.

—La conozco mucho; y á Manolo, su hijo, también le conozco. ¡Valiente mocito!...

Amadeo Zureda se estremeció; tuvo miedo, frío; unos instantes permaneció callado, sin saber qué decir. Don Adolfo prosiguió, con ruda franqueza:

—Mala cabeza tiene el tal Manolo, y buenos disgustos le da á su pobre madre, que es una santa. ¡Yo creo que hasta la pega!... ¡No te digo más!...

Lívido, tembloroso, reprimiendo unos grandes deseos de llorar que acababan de asaltarle, Amadeo preguntó:

—¿Es posible?... ¿Tan malo es?

—De oro es el mozo—repuso don Adolfo—; había de morirse, y el Diablo, para cargar con él, necesitaría pensarlo mucho: borracho, jugador, mujeriego, camorrista... ¡de todo es el indino!

Y afirmó:

—No parece hijo tuyo.