—Sí, señor.

—Tú, evidentemente—continuó don Adolfo—, has sufrido más que yo; pero no creas que yo he sido muy afortunado. La vida es una fiera que para cuantos se acercan á ella... ¡y cuidado si nace gente!... tiene un zarpazo. Soy viudo; pronto hará quince años que mi pobrecita mujer pudre tierra; de mis tres hijas, la mayor se casó, las otras dos murieron. Ahora estoy jubilado, y vivo en Equis, con una cuñada, viuda de mi hermano Juan, de quien no sé si recordarás...

Poco á poco, y á vuelta de muchos circunloquios, porque la confianza es una virtud tímida que emigra pronto de las almas muy castigadas por la desgracia, Amadeo Zureda expuso sus proyectos. El pensaba establecerse en Equis, con su mujer; del presidio traía ahorradas cerca de dos mil pesetas, con las cuales esperaba poder comprar una casita y media fanega de buena tierra.

—Yo, de agricultura no entiendo palote—agregó—; pero eso es como todo; en queriendo aprender, se aprende. Además, mi hijo, que es mozo y se ha criado en el pueblo, puede ayudarme mucho.

Don Adolfo había arrugado el entrecejo con un gesto reflexivo y grave, de hombre que recuerda.

—Por lo que dices—exclamó—caigo en quien sea tu mujer.

Un poco avergonzado, porque la imagen siempre ensangrentada de su desgracia no se borraba un punto de su memoria, el antiguo maquinista repuso:

—Sin duda; el pueblo será pequeño...

—Muy pequeño. ¿Cómo se llama tu mujer?

—Rafaela.