—Ya supe tu desgracia—dijo don Adolfo—y la sentí. Son locuras de juventud que duran un instante y cuestan luego todo el porvenir. ¿Por qué fué?...

Aplomadamente, Zureda repuso:

—Una cuestión de juego.

—¡Es verdad!... Me lo dijeron.

Amadeo respiró; el ambulante no sabía nada y era verosímil que todos estuviesen tan ignorantes como él acerca del verdadero motivo que ocasionó la muerte de Manuel Berlanga. Don Adolfo preguntó:

—¿Dónde has estado?

—En Ceuta.

—¿Mucho tiempo?

—Veinte años y meses.

—¡Caramba!... ¿Vienes ahora de allí?