—Últimamente, en la de Bilbao.

Pausados, silenciosos, los recuerdos iban surgiendo y asociándose en la enorme negrura de olvido de aquellos veinte años. Amadeo Zureda sacó su petaca y brindó tabaco á su interlocutor; y lo que hasta entonces no lograron ni el aspecto ni la voz del desconocido, lo realizó instantáneamente y como por ensalmo su modo de coger la picadura, de preparar el cigarrillo, de encenderlo y colocárselo después en la comisura izquierda de los labios. La memoria del ex presidiario se llenó de luz.

—¡Acabáramos!—exclamó—,¡usted es don Adolfo Moreno!...

—Yo mismo; eso es...

—Usted era ambulante de la línea de Asturias cuando yo trabajaba en la de Bilbao. ¿No se acuerda usted? Zureda... Amadeo Zureda,..

—¡Ah, sí!...

Los dos hombres se abrazaron.

—¡Si yo te tuteaba!—gritó don Adolfo.

—Sí, señor; y puede usted seguir haciéndolo. ¡No faltaba más!... Que por algo el tiempo ha corrido igualmente para ambos.

Apagado el regocijo de los primeros instantes, el antiguo ambulante y el anciano maquinista se entristecieron recordando las muchas amarguras que les trajo la vida.