—Y si ello es así—prosiguió Fuensanta—, ¿por qué me olvidas y pospones á otras mujeres? ¿Por qué, conociendo mis celos, suspendes sobre mi cabeza la amenaza de que hoy, mañana, cuando más dichosa esté y menos lo aguarde, has de serme traidor?... Conozco bien, demasiado bien, quizá, la complexión de tu alma: tú perteneces á la raza maldita de los que sólo adoran lo lejano, lo inasequible, lo que nadie obtuvo. ¿Cómo no aplicas tu espíritu indómito al examen de sus recuerdos? ¿Por qué desprecias lo pretérito? ¿Acaso ese ayer que hoy miras desdeñosamente, no sirvió de riente mañana á otros hombres que bulleron y amaron antes que tú?... Escucha, Ricardo, y obedéceme, porque aún podemos ser felices. ¿No tienes hijos y esposa? Y cuando el hogar legítimo, el consagrado, te fastidie, ¿no me tienes á mí? ¿Qué más rebuscas? ¿Qué imposibles novedades pides á la casualidad?
Argumentaba poco á poco, blandamente, como se habla á los enfermos, y sus palabras, dichas á media voz, traían arrullos de infancia. En las contiendas implacables del arte, lo más hacedero es derrotar obstáculos, encumbrarse, llegar del éxito á los dorados fastigios, pues los viejos maestros á quienes la juventud hostiliza están agotados y se defienden mal: lo difícil es guardar las posiciones conquistadas, resistir el fiero ataque de los bisoños que van llegando á la batalla, afirmar la personalidad en medio de aquel desencerrado torbellino de enemigos brazos que rodean al dictador. Según Fuensanta Godoy, para vencer en ese descomunal torneo, donde todas las ensoberbecidas furias de la vanidad intervienen, precisa tener una gran ambición, un orgullo sin límites ó un ciego y descomedido amor; un sentimiento, en fin, hondo, fanático, que baste por sí solo á reparar cuantas brechas las estocadas de la desilusión y los consejos sigilosos de la fatiga van abriendo en el entusiasmo.
—Pero si únicamente adoras lo que no tienes—continuaba—, ¿qué podrá sostenerte, alentarte, fortificarte, cuando estés deshecho y próximo á caer?... Triste es, ciertamente, sucumbir en la obscuridad del primer asalto; pero ¿no es peor ver la miel de nuestra popularidad deshacerse en olvido? ¡Ah, Ricardo! Tú ignoras eso; tú desconoces el sufrimiento del artista que sobrevive á su prestigio y, no pudiendo ya derrotar las reputaciones que van improvisándose á su alrededor, dice: «Hace años yo era algo, tenía un nombre...» Créeme, Ricardo, eso es horrible; te lo asegura la experiencia que me dieron veinte años de teatro...
Su voz se apagó en un suspiro, y por su rostro pasó como una sombra el luto de su alma.
Contaba Fuensanta Godoy poco más de treinta años, y sus vestidos negros, lascivamente apretados al cuerpo, modelaban una escultura de líneas ondulantes y largas. Hondos surcos de melancolía cortaban su frente guarnecida de rizosos cabellos castaños; la nariz, de perfil impecable, afilada parecía por el sufrimiento; en su boca, de un raro humorismo, las risas y el llanto tegían una dolora; bajo las cejas rafaélicas, los ojos negrísimos y tristes, un poco oblicuos, tal vez, como los de las japonesas, daban al semblante blanco, de un blanco terroso, la expresión dulce que embellece, con poesía de enigma, el rostro de las mujeres de la Ciudad sin Noche.
Entre las perfecciones y cualidades que avaloraban la cumplida hermosura de Fuensanta, la mejor y más alta, la que antes sorprendía era su tristeza. El dolor, que ha inspirado al arte creaciones supremas, suele ser también origen y alimento de bellezas extrañas. Esta desviación ó capricho del sentimiento estético no tiene explicación fácil. ¿Por qué amamos lo triste y hallamos en las medias tintas inefable y malsano contentamiento? ¿Acaso el ajeno sufrir envuelve algo que de soslayo disculpa nuestra propia flaqueza, ó es que el dolor diviniza á la mujer porque de ella precisamente emana, y así quien dijo dolor dijo también arte y sexo?... A Fuensanta Godoy su expresión de inconsolable pesadumbre hacíala infinitamente interesante. Cinco años antes la Godoy fué una primera tiple cómica de gran boga. Al comenzar las temporadas teatrales, su nombre aparecía en los carteles con llamativos caracteres rojos, los periódicos publicaban su retrato, la crítica celebraba su labor, y el correo traíala diariamente rumores de amorosos caprichos. La corte de admiradores que invadían su cuarto del teatro, los aplausos del público y la humillación y ásperas envidias de otras actrices por ella vencidas en artísticas justas, parecían poner á su joven figura un nimbo diamantino. Fuensanta Godoy amó y fué adorada; la neurastenia exacerbaba sus afectos; bajo el soplo flagelante de las pasiones, la red no domada de sus nervios padecía torsiones dolorosas; la sensación llegó á ser para ella un suplicio; su desequilibrada cabecita, donde perduraba el recuerdo de libros piadosos que leyó cuando niña, experimentaba accesos frecuentes de misticismo, deseos de vivir quieta y sola. Los pueblos playeros la atraían; adoró la morfina; perdió el ritmo interior; dos veces fué procesada y obligada á pagar indemnizaciones costosas por abandonar bruscamente el teatro donde trabajaba para marcharse al campo con un amante pobre.
La carrera artística de Fuensanta Godoy duró poco; en pleno éxito y cuando su juventud interesante, un poco rara, de bibelote japonés, brillaba sobre el escenario de los grandes teatros, una laringitis torpemente curada la dejó afónica. Varios médicos aseguraron que para aquel daño no había remedio; ella, no obstante, esperaba. La noche en que, desoyendo cautos y leales consejos reapareció ante el público, sufrió una decepción horrible; su voz, al concluir cierto momento musical difícil, se nubló bruscamente; quiso repetir el temible pasaje y no pudo; algunos espectadores descorteses protestaron. Entonces la Godoy sintió á su alrededor un gran frío, una desgarradora emoción de aislamiento, cual si el teatro, repentinamente, acabara de quedarse á obscuras; vióse preterida, pobre, aherrojada en esa fosa común donde la multitud ingrata sepulta á los artistas que ya no la divierten, y aniquilada por su desgracia rompió á llorar y perdió los sentidos.
Ricardo Villarroya la conoció años después. Fuensanta vivía en una casa de huéspedes cuya dueña también había sido del teatro. Ocupaba la Godoy dos habitaciones pequeñas, sin otra luz que la de una ventana abierta sobre un patizuelo malsano y profundo; pulmón infecto, jamás visitado por el sol, por donde respiraba el vecindario sucio y haraposo de los cuartos interiores. Una cama de hierro y un lavabo ocupaban la alcoba. Componían el mobiliario del gabinete una vieja cómoda que de noche, en el silencio, tenía crujidos amedrentadores, y varias sillas que fueron elegantes y á la hora presente disimulaban su incapacidad y precaria armazón bajo usadas fundas de lienzo gris. Decoraban las paredes amarillentas, retratos descoloridos de actrices y de actores ignorados, y un antiguo espejo, sobre cuya luna los coqueteos de las juventudes, ya lejanas, que allí se reflejaron, parecían haber dejado una indecible melancolía. Varias coronas, logradas en noches de beneficio, explicaban desde sus cajas de caoba con tapa de cristal, la flaqueza y veloz desmoronamiento de las glorias humanas. Cubría el suelo una alfombra raída, de la cual, el polvo y el roce de los pies fueron borrando los colores.
En aquel gabinetito, entristecido por el invierno y la presencia de tantos objetos provectos, Ricardo Villarroya pasaba muchas tardes.
Al principio sentíase plácidamente cautivado por la soledad de la actriz, digna, altiva, irreductible, en medio de su abandono y extremada pobreza. Un momento halagó á Villarroya la idea de que la Godoy fuese su última pasión, su capricho postrero, el desenlace de su mocedad conquistadora. La quietud del medio coadyuvó no poco á enfielar sus sentimientos. Sin duda era bonito ver pasar las horas. Su imaginación errante comprendió la dulzura del reposo; su voluntad peregrina adivinó la alegría de no moverse, de serenarse en la dominación tranquila de lo ganado. Para sus ojos de novelista, los capítulos de olvido y de miseria que epilogaban la historia de Fuensanta Godoy, ofrecían pasmoso interés. Se colocaba en el lugar de la vencida; la desgracia ronda siempre; á él también una anemia ó una congestión, podían precipitarle á los horrores vergonzosos de la derrota desde las cumbres endiosadas del éxito. Por eso la compadecía y hallábase propicio á consolarla. Pero en los artistas el enternecimiento es transitorio; su egolatría se impone en ellos á lo más grave; su personalidad lo abarca todo; así, en el fondo de aquella conmiseración ostentosa, sólo había un depurado egoísmo.