No tardó Ricardo Villarroya en experimentar la primera crisis de hastío: su temperamento reaccionaba cruelmente contra la emoción pasajera; acababa de sentirse esclavo; el artista explorador, vagabundo de sensaciones, derrotaba al hombre desengañado, necesitado de descanso. Villarroya se aburría; los viejos muebles de aquella húmeda habitación pesaron sobre sus pulmones, y un repentino y vehementísimo deseo de libertad le enajenó. ¿Por qué las penas de la Godoy habían de preocuparle, ni qué altruístas sofismas pretendían inducirle á ligar su porvenir al de ella y servirla, á todo evento, de consejero y defensor?...

A partir de aquel instante, y seguro de que la piedad, magnificada por el cristianismo, es una claudicación ó cobardía del animo, sólo pensó en huir, en libertarse rompiendo los taimados lazos de amor con que le sujetaban la distinción señoril y virtuoso recogimiento de Fuensanta. Estos ingratos manejos no resbalaron inadvertidos. La joven comprendió inmediatamente que su alegría peligraba, y adivinó su derrota. Los hombres aborrecen lo conocido, sin que nada baste á convencerles de que todos los placeres son iguales: la pasión es por antonomasia inconstante; una mujer cualquiera, zafia, vulgar, fea, tendrá sobre la mujer hermosa que poseemos la inmensa ventaja, la preeminencia indiscutible, de «ser otra»...

Aquella tarde Fuensanta Godoy y Villarroya discutieron mucho; el novelista se reconocía aniquilado, deshecho ante el brío dialéctico de su interlocutora. Sin alientos ya para defenderse, abroquelóse tras una afirmación vertical inexpugnable:

—Nací así y no podré ser de otro modo. Huelga, por consiguiente, tu empeño en demostrarme que hago mal.

Ella prosiguió atacándole, unas veces con impetuosidades celosas, otras con maternales ternuras.

—¡Cuán poco me quieres, Ricardo!

—Te engañas; yo te quiero... te quiero bastante... mucho.

—Y, sin embargo, hablas de dejarme...

—Muy cierto.

—Entonces, ¿qué amor es ese? ¡Maldito el cariño que olvida y ve sin dolor que otros labios acarician y otros brazos estrechan lo que fué suyo!