¿Otra vez la misma cantinela? ¿Hasta cuándo iban á seguir así?...
Ricardo Villarroya alzóse de hombros despectivamente y encendió un cigarro. Eran las cinco; la lluvia repetía su salmodia amodorrante sobre el cinc de la ventana; obscuridades nocherniegas invadían el aposento. Fuensanta hizo girar la llave de la luz, el gabinete se iluminó y sobre la extensión turbia de las paredes reaparecieron las viejas sillas vestidas de gris; la cómoda vetusta, llena de rumores inquietantes; los retratos pálidos; el espejo, las marchitas coronas, expresivas y tristes como momias, tras sus cubiertas de cristal. En un ángulo, sobre la alfombra negra, la roja lumbre de un brasero brillaba sin intermitencias, fijamente, como una pupila redonda y sin párpados.
La joven continuó modulando sus palabras en un largo suspiro:
—¡Qué cruel eres, Ricardo!...
—Quizá...
—Muy cruel, muy egoísta; créelo: de piedra es tu corazón...
—¿Y el tuyo?
—Cuando de ti se trata, de cera y de miel.
Bajo el bigote bermejo, los labios de Villarroya sonrieron irónicos.
—Tú—dijo—, tratando de imponerme tus gustos, eres tan egoísta como yo defendiendo los míos. ¿Por qué avergonzarnos de nuestros sentimientos y no llamarlos por su nombre? ¿Por qué estimar virtud la compasión, que antepone el bienestar ajeno al propio bienestar, y maldecir del egoísmo, fundamento precioso de la personalidad? ¡Basta ya de rancios enternecimientos! Vivir y vivir bien: he aquí la única verdad positiva. Además, que siendo egoístas ejercitamos un aspecto de la filantropía: el egoísmo es la caridad aplicada á nosotros...