Discutieron, preconizando él la alegría de moverse, de explorar corazones, de ser ingrato.

—El espíritu—decía—tiene paisajes, como la Naturaleza. Esta los compone con árboles y montañas y aquél con ilusiones y recuerdos. Hay caracteres claros y fáciles, semejantes á llanuras, y otros ariscos cual despeñaderos. También conozco sentimientos que ocultan todo un panorama de alma y necesitamos vadear, igual que los viajeros buscan tras el altozano importuno un hermoso horizonte; de donde deduzco que á los paisajes y á los hombres conviene examinarles «desde cierto punto de vista». Cada espíritu, querida mía, tiene el misterio de un hogar cerrado. ¿No sentiste nunca, yendo por el campo, deseos de penetrar en una casuca solitaria, abrir sus persianas, violar el enigma de aquellas habitaciones donde otras vidas obscuras se deslizaron, y sentir tus pasos resonar bajo aquellos techos que jamás, seguramente, tornarás á ver?... Parecida curiosidad alumbran en mí las almas; hallo en mi camino una interesante y me gusta estudiarla, averiguar sus perversidades, sus excelencias, y cuando todo fué bien escrutado... dejarla para que otros la examinen.

Y agregó, con un gran borbollón cínico de risa:

—¡Oh! La vida nos abrumaría sin la ingratitud. Yo bendigo la ingratitud. ¿Qué sería, por ejemplo, de tí y de mí, si todas las pasiones ó amoríos que hemos inspirado hubiesen sido eternos?

Oyéndole, las facciones fatigadas de Fuensanta delataban una amarga laxitud, un abatimiento sin cura. A veces, sin embargo, sus gestos readquirían aquella impetuosidad libre y boyante de antaño; pero, generalmente, su actitud era circunspecta, blanda, débil, y entre sus labios cansados, las afirmaciones más rotundas vibraban con la tímida inflexión del consejo.

—Eres un histérico—exclamó—, un pobre loco que busca vanamente fuera de sí mismo lo que lleva dentro.

Permaneció indecisa, el busto inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, brillantes los apasionados ojos bajo las cejas que la reflexión fruncía.

—Eres—prosiguió—uno de los hombres más complejos y extraños que he conocido. Yo, que deseo tu felicidad, quisiera demostrarte cómo las sensaciones que husmeas no existen; que la alegría es algo fantasmagórico y liviano que proviene de tu misma alma como del cuerpo la sombra, y que quien, cual tú, ganó esposa, hijos, gloria, crédito, amigos... ¡todo!, no tiene derecho á pedir más.

Villarroya callaba, reconociendo vagamente que Fuensanta Godoy decía verdad. Ella prosiguió:

—Dejaste á tus padres por casarte; luego olvidaste á tu mujer por tus hijos, pues diríase que en tu aturdido corazón sólo cabe un afecto; más tarde descuidaste á tus hijos para seguir tu necia historia de amoríos mercenarios. Cuando me conociste renunciaste á todo; ahora el mundo te llama nuevamente y quieres dejarme. ¿Qué pretendes? ¿Qué persigues? ¿Dónde hallarás más de lo que te dió mi cariño?