Hubo otra pausa, uno de esos silencios terribles en que sentimos á nuestro alrededor algo fatal, ineluctable, caminar de puntillas. Ricardo musitó pensativo:
—Ya te lo dije; soy así... como me hicieron...
Fuensanta le interrumpió vehemente:
—Te equivocas: tu idiosincrasia carece de realidad durable; en tu carácter voltario, únicamente lo adjetivo ó accidental tiene substantividad. Un tirano te gobierna: la impresión; por eso corres ciego tras lo que, por ser nuevo, crees apetecible y huyes de cuanto juzgas malo y fastidioso por el mero hecho de serte familiar. ¡Eso te ocurre conmigo! ¿Por qué, si no, yo misma, en quien hace un año adorabas, ahora te doy sueño?... ¡Qué pena! ¡Ah!... Yo quisiera darte una lección, escarmentarte de esa vana manía que te lleva á buscar fuera de ti lo que va contigo y es obra ó reflejo de tu fantasía andariega. ¿No comprendes que ese vigor que disipas en aventuras inútiles, aplicado á tu arte te levantaría á cimas y victorias mayores aún que las ganadas?...
Varios golpecitos, dados en la puerta, interrumpieron el diálogo. Fuensanta preguntó:
—¿Quién?
Una voz humilde repuso desde fuera:
—Cuando usted guste cenar...
—¿Están todos en la mesa?