—Voy en seguida.
Villarroya consultó su reloj. Eran las ocho.
—Me marcho—dijo.
Levantóse precipitadamente, abrochándose el gabán, recogiendo su sombrero, que, al entrar, dejó sobre una silla. Fuensanta se acercó á él lentamente: bajo su traje negro, su cuerpo, á la vez grácil y ampuloso, onduló con ritmo sensual.
—¿Volverás luego?
Ricardo no pudo disimular un guiño de disgusto; el ambiente de aquel gabinetito, lleno de viejos muebles, le oprimía.
—No sé... no sé; necesito escribir...
Ella replicó, sonriendo triste:
—Nada tienes que hacer, pero si debes trabajar, trabaja á mi lado. Ven á verme, te lo ruego; ¡Estoy tan sola!...
Como otras veces, la compasión le rindió.