—Bien—dijo—, espérame; antes de las once estaré aquí.

Fuensanta le acompañó hasta la puerta; ya allí, sus manos, ágiles y blancas, llenas de amor; sus pobres manos, que la necesidad despojó de sortijas, le arreglaron el nudo de la corbata y le alisaron los cabellos.

—Hasta muy pronto—balbuceó—, hasta muy pronto... no tardes...

Al quedar sola, la actriz tuvo un ademán desesperado.

—¡No me quiere!—sollozó—. ¡Ya no me quiere!... ¿Cómo reconquistarle?

Quedóse quieta, los ojos puestos en un retrato de Villarroya, al pie del cual el novelista había escrito: «Estas dedicatorias siempre son tristes. Todas ellas parecen decir: «Cuando ya no me veas...»

II

Pasaron varios días, durante los cuales creció en Villarroya aquella laxitud melancólica que la sociedad de Fuensanta le producía. ¿De dónde emanaba tal despego? El novelista trató de escudriñarse, de oirse, de sorprender ese trajín subconsciente con que los deseos nuevos y las pasiones que se apagan van y vienen por el espíritu.