Empero sus esfuerzos analíticos no lograron llevarle á una solución transparente y rotunda. Unas veces imaginaba que todo ello era fruto ingrato de su carácter inseguro, siempre displicente, refractario á la grandeza de la inmovilidad; otras creía que era Fuensanta Godoy quien le había engañado, prometiéndole con su franca hermosura y su discreto hablar sensaciones y alegrías que luego no le dió. Poco á poco esta última idea prevaleció. Las mujeres que no sirven para heteras, ni tienen la pasividad de ceñirse á las prietas leyes de la ética tradicional, se parecen á esos individuos fracasados del arte, que habiendo nacido para vivir vulgarmente, pretenden, sin embargo, morir en belleza. Nada consigue aquietar su obstinación suicida: el hombre normal, el hombre adocenado que siente y discurre y sujeta sus actos á la costumbre, se halla obscurecido en ellos por un sujeto desencentrado y visionario, plantío de fanfarrias, panal de ambiciones descomedidas y de acedos rencores hacia los fuertes que caminan lejos de él y muy alto.
Así esas caprichosas que ni supieron envejecer en la calma de la virtud burguesa, ni tuvieron la valentía de sus pecados; la orgía franca las avergüenza y la paz de lo legal las aburre; cuando están recluídas sufren anhelos quemantes de libertad, y si campean á su albedrío experimentan el cansancio de los caminos demasiado largos, el miedo al barro de desdenes que la sociedad tira á los que se rebelaron contra ella. Al lado de tales mujeres, los hombres suelen hallarse mal; son almas enfermas, fatalmente tristes, que bajo el techo del hogar encalmado bostezan de hastío, y momentos después, en la bacanal, ponen sobre la sinfonía brillante de sus desenfrenos un treno de arrepentimiento; espíritus abúlicos, sometidos á todas las furias del no querer y del recuerdo.
Fuensanta Godoy era así; la desdichada, después de perder cuantas batallas libró con el amor y con el arte, sintió correr por su semblante y su cuerpo la vejez sutil de la melancolía: bruscamente sus ojos se apagaron, su boca perdió la línea graciosa de la dicha, sus ademanes fueron más lentos, la negra noche de sus cabellos palideció, sobre su frente el dolor trazó las líneas de ese pentagrama siniestro donde cada desengaño deja una nota. Involuntariamente Ricardo Villarroya reconocíase separado de ella, y la fijeza de este sentimiento era indiscutible: lo que él rebuscaba lejos de Fuensanta no era la novedad únicamente, sí algo positivo, un tesoro de sana alegría, que ella, envenenada por las murrias de su hundimiento, no podía darle. Además, el recelo de parecerse á la actriz, acabó de preocuparle; la tristeza y la vejez son contagiosas como el tifus, y aunque la infección es más lenta, el remedio, en cambio, es mucho más difícil. Villarroya tuvo miedo. ¿Qué sería de él, si de pronto, en plena lucha y por obra de ese influjo sigiloso, pero seguro, de la imitación, llegara á sentirse lacio y triste?
Y entonces el novelista decidió cerrar su blando corazón á todos los musiteos de la piedad y abrir entre él y la abandonada un azarbe inmenso, un abismo de paredes verticales, ancho y profundo, que imposibilitase toda reconciliación. ¡Bueno que se sufra en las horas de trabajo! Pero era imbécil, era suicida, permitir que aquel sufrimiento emborronase también la luz radiante de las horas dichosas. Tomaría la ofensiva: las mujeres demasiado buenas anulan á los hombres, porque les esclavizan al quitarles la ocasión de reñir con ellas.
—Una querida honrada, juiciosa, metódica, que ni siquiera se tome la molestia de engañarnos—pensaba irónicamente Villarroya—, es lo único que hace imperdonable el adulterio...
Entretanto continuaba visitando á Fuensanta, preso en el hechizo de aquella mujer inteligente, inmensamente triste.
Cierta noche, después de cenar, y hallándose ya metido en su despacho, dispuesto á escribir, Ricardo Villarroya recibió una carta: la traía un mozalbete de diez y seis á diez y ocho años, vestido de negro: un lacayito, sin duda, humilde y vergonzoso, que hablaba mirando al suelo.
Ricardo rasgó pausadamente la nema del sobre, donde la penetración zahorí del novelista acababa de ventear un lance amoroso.
—¿Quién te envía?—preguntó clavando en el muchacho sus ojos firmes.
—Una señora.