Villarroya desdobló el billete, mientras una sonrisa imperceptible, de vanidad y de conquista, pasaba bajo su recio bigote de color almagre. La carta decía:

«Una casualidad me ha permitido saber quién es el hombre que casi todas las tardes pasa bajo mis balcones, y el ilustre prestigio de su apellido ha exaltado los vehementes deseos que ya tenía de conocerle. ¿Cuándo y dónde podría acercarme á usted?»

El delicioso billetito no iba firmado, y tras aquella pregunta, envolvente como un abrazo, lo anónimo prendía el hechizo excelso de la obscuridad y del silencio. Villarroya palideció; luego se puso rojo; un segundo su alborotadizo corazón cesó de latir; temblaron sus músculos. ¿Por qué lo ignorado ha de producirnos siempre una impresión de frío? ¿Será porque todos esos menudos misterios que nos tropiezan en la vida son reflejos ó partículas del supremo enigma de donde salen y adonde vuelven todas las cosas?

Ricardo meditó unos instantes, mientras consultaba su reloj; eran las nueve. En seguida, febrilmente, escribió al dorso de una tarjeta suya:

«Pasado un rato, á las once, espero á usted en la calle de Valverde, esquina á Desengaño. Beso á usted los pies.»

Mucho tiempo hacía que el mensajero se fué, y Villarroya aun estábase inmóvil, la cara entre las manos, los codos apoyados sobre su mesa de trabajo. Una emoción flageladora, absorbente como la succión de una vorágine, había limpiado de ideas su espíritu. A la luz que ardía serenamente en el comedio del despacho, los muebles arrojaban contra las paredes largas sombras inmóviles. La familia de Villarroya dormía. En el silencio de la casa, con sus puertas exornadas por severos cortinajes afelpados y sus suelos cubiertos de moqueta, se percibía vagamente el rítmico latir de un reloj; vaivén simbólico, decidor de hondos y graves misterios, elocuente como el caminar de un corazón.

Al cabo, Ricardo volvió á la realidad; eran las diez y media. Entonces se levantó, mató la luz, vistióse rápidamente el gabán, calóse el sombrero y sin despedirse de nadie salió de puntillas, con el andar, á la vez receloso y feliz, con que los hombres casados huyen del deber.

Cuando llegó á la esquina de las calles Desengaño y Valverde se detuvo inquieto, buscando ese perfil tentador, novelesco, que tienen, especialmente de noche, las mujeres que aguardan. Escaseaban los transeuntes; el claror bermejo de los faroles patinaba sobre las aceras humedecidas por la neblina; unos tras otros los balcones, los zaguanes iban apagándose, dejando en las calles vibraciones de sombra y de sueño; al fondo, bajo la lívida claridad estelar, la iglesia de San Martín levantaba sus torres achaparradas y macizas.

Habían sonado las once: poco á poco un gran silencio invadía la urbe, cuyas calles desiertas se alargaban inactivas, tortuosas y fláccidas, semejantes á brazos cansados; en la obscuridad, los minutos caminaban lentos, uniformes, pintando hacia la eternidad una línea de puntos negros.

Villarroya comenzaba á impacientarse. Aquella noche había cenado mejor que otras veces y disipada esa efervescencia, casi morbosa, que las buenas comidas producen en los temperamentos nerviosos, sus ideas iban diafanizándose. Hubo momentos en que creyó despertar: el peregrino incidente que allí le había llevado reapareció ante sus ojos con proporciones más modestas. Tuvo un ademán de cólera; luego sintió vergüenza de sí mismo. Era imperdonable en él, hombre de mundo, la precipitación con que citó á su admiradora, quien seguramente no esperaba verle hasta pasadas veinticuatro horas, cuando menos. Se había comportado como esos barbilindos fatuos, recién llegados á la vida, á quienes vuelven locos las impresiones.