—¡Soy un majadero!—exclamó.

Continuó paseándose, mientras se atusaba bruscamente su áspero bigote rojizo, mojado por la niebla. Le enfurecía la idea de aparecer ridículo ante aquella mujer para quien, indudablemente, la espera constituía lo más alquitarado de la sensación. Reconocíase vencido, aplastado, bajo la vulgaridad de su impaciencia; nada podía disculparle; puesto en su lugar un estudiantillo de primer curso de latinidad, no lo hubiese hecho peor.

Dieron las once y media en uno de esos viejos relojes de torre cuya campana preocupa de noche á los enfermos. Una pareja de enamorados pasó junto á Villarroya y desapareció por la retorcida escalerilla que sube á los comedores íntimos del antiguo café Habanero. Iban muy amartelados; ella vestía un elegante gabán de color gris. El novelista, que recordaba haberles tropezado días antes en la Moncloa, les acompañó con los ojos, y luego vió, tras las cortinillas sutiles de una ventana que acababa de iluminarse, la conjunción feliz de dos sombras. Un instante la despierta curiosidad de Villarroya avizoró un coche que se acercaba lentamente; pero aquel vehículo, cuyo caballo fatigado apenas podía andar, iba vacío, arrastrando á lo largo de la calle una tristeza penetrante de habitación desalquilada. A las doce, convencido de la inutilidad de su espera, el novelista, muy abatido y maldiciendo de sí mismo, regresó á su casa.

—¡Soy un imbécil!—repetía—¡he frustrado una aventura preciosa por una tontería!...

Caminaba despacio, el paso largo, los brazos colgantes. Su gesto tenía el cansancio del hombre que sube una cuesta tirando de algo: así iba él, vencido, desesperanzado, cual si llevase su ilusión muerta arrastras.

Para consuelo suyo, al día siguiente recibió por correo otra carta, también anónima, de su desconocida. La epístola, que era muy breve, empezaba así:

«Un quehacer repentino me impidió acudir anoche á su cita. Al pronto, si he de ser franca, diré que lo sentí; pero muy luego me consolé, y ahora me alegro de continuar siendo para usted un misterio. Es usted vehemente y curioso con exceso. Por eso temo que nos acerquemos; la experiencia me ha demostrado que los hombres así olvidan pronto.

»Más calma, amigo querido, mucha más calma; es un pequeño consejo que mi criterio modesto da al escritor eminentísimo. No olvide usted aquella ingrata ley de nuestra ambulante Naturaleza, según la cual, cuanto más tardemos ahora en unirnos, más tardaremos luego en separarnos...»

Y concluía:

«Si quiere usted responderme, hágalo á Lista de Correos, cédula antigua, número.....»