Por la tarde, según costumbre, Villarroya fué á casa de Fuensanta. La actriz se hallaba repasando junto á la ventana uno de esos viejos sotanís que suscitan en las actrices retiradas recuerdos amargos de teatro y de amores. Llovía. Invadía la habitación un claror plomizo que exaltaba la tristeza de los muebles, la raridad de la alfombra, el frío de las paredes, con sus coronas marchitas y sus retratos, donde las antiguas imágenes se descomponen como en la humedad de la tierra se borra el contorno de los cadáveres.
Durante los primeros momentos, excitado por las zozobras de su incipiente aventura, el galán mostróse locuaz y gaitero. Pronto, sin embargo, su inquietud se aplacó y el pensamiento dióse á voltigear en torno de lo que más le complacía. Fuensanta advirtió su preocupación.
—¿Qué tienes? Te hallo triste ó inquieto... ¿Quizás algún disgusto?
Las facciones de Ricardo no dejaron traslucir, ante la mirada buída de la actriz, emoción ninguna.
—Nada me sucede—repuso—; lo que notas en mí es cansancio. Anoche trabajé mucho; hoy también necesito escribir.
Suavemente, observándole de hito en hito, mientras por sus labios divagaba una sonrisa de tristura y de ironía, Fuensanta replicó:
—¿Estás cierto de haber trabajado mucho anoche?
Ella no contestó y siguió cosiendo.
El exclamó con cínica osadía: