—¿A qué viene eso? ¿Qué recelos tapa tu pregunta? ¡Desconfías de mí!
—No.
Y añadió, suspirando con una inspiración larga y entrecortada:
—¡Pobre Ricardo!
—¿Me compadeces?
—Mucho.
Villarroya se encogió de hombros.
—Te compadezco—agregó Fuensanta—porque eres un iluso, un gran desdichado, un présbita de la vida, que, para gozar de las cosas, necesita tenerlas muy lejos.
Esta vez no se defendió; los reproches de su amiga no le mordían, al contrario; la esperanza de burlar la custodia celosa de aquella mujer á quien nunca había engañado, producíale ese alboroto agridulce, flor de pubertad, que la juventud experimenta ante la perspectiva de la primera falta. Un regocijo indefinible le poseía; su voluntad, enmohecida por el quietismo sentimental de aquellos meses, se desperezaba alegre en la esperanza de una aventura nueva; sobre su corazón, el billetito anónimo que oculto llevaba en un bolsillo secreto, parecía nimbarle con la luz radiosa de un amanecer.
Aquella noche el novelista no vió á Fuensanta, y á última hora, cuando salió del teatro, fué á refugiarse en un café solitario; uno de esos cafés excéntricos adonde los misántropos y los enamorados concurren, en la dulce seguridad de no tropezarse con ningún amigo.