Villarroya quería responder á la desconocida, interesarla, mortificar su curiosidad, precipitar el desenlace de la aventura lo más posible. El café por Ricardo elegido se hallaba á la sazón completamente vacío; la madrugada iba llegando; faltaban minutos para las dos; la luz de las lamparillas eléctricas resbalaba yerta sobre las paredes estucadas y bruñía el dorso lapidario de las mesas, que, vistas á distancia, parecían arrugas de una enorme sábana de mármol. Junto al mostrador, varios camareros, cuyos cráneos calvos también brillaban á la luz, escuchaban atentos lo que uno de ellos leía en un periódico.
Ricardo pidió recado de escribir; mas antes de poner la pluma sobre el papel creyó prudente releer aquel anónimo, ingenuo y burlón á la vez, donde simultáneamente se sentía admirado y compadecido. Por la cálida imaginación del novelista las más disparejas ideas se atropellaban. Recordaba el aspecto del mozalbete que le llevó la primera misiva, quien por su traje y respetuoso comedimiento bien podía servir de espolique en alguna casa principal; y luego atisbaba la calidad y fino perfume del papel donde aquellas dos cartas fueron escritas y el desaliño de la escritura, buscando en todo pruebas de la condición, patricia ó plebeya, de su autora. ¿Quién sería?... Acaso una hetera conquistada pasajeramente por el renombre del artista en boga, ó una virgen exploradora de sensaciones, ó alguna de esas viudas que, después de vivir muchos años en la virtud, se asustan repentinamente de llegar á viejas sin satisfacer el capricho, latente en todas las mujeres, de haber sido livianas...
Sea como fuere, juzgó que lo que con más ventaja podía oponer á las misivas malévolas y breves de su admiradora era una carta larga, quemante, apasionada; pues, al cabo, en la vida, como en el teatro, la fuerza triunfa siempre de los amaños retóricos que fraguan la discreción y la ironía.
Dominado por esta idea, comenzó á escribir:
«Señora: No la conozco y ya adoro en usted; la adoro porque es usted rara, refinadamente extraña y única, en medio de esta sociedad donde todos se parecen á todos...»
Continuó escribiendo velozmente, sin detenerse á corregir, como enajenado por una ráfaga de elocuencia, hasta llenar las cuatro carillas del pliego de nerviosos renglones dictados por el estilo más frondoso y plateresco.
Noches después escribió otra carta; pero esta vez su verbo era sentimental, ligero, meramente, descriptivo, pues recelaba mostrarse á los ojos lectores de su dulce enemiga declamador y grandilocuente en demasía.
«Me dirijo á usted—decía—desde un modestísimo cafetín de la plaza de la Cebada. Estoy solo, estoy triste, y en estas horas de quietud y de melancolía, mi pensamiento andariego hacia usted se vuelve. El aspecto del escenario que me rodea coadyuva á fortalecer esta grata evocación.
»¿No ha pensado usted nunca (usted que, como yo, conoce «el lenguaje delicado de las cosas») en lo que podríamos llamar «el alma del café»?
»Los cafés concurridos me son odiosos; su alma es vulgar; alma canallesca que ríe groseramente y discute á gritos, y se apasiona sin motivo y huele á tabaco. Al penetrar en ellos, una ráfaga de aire caliente nos golpea el rostro; ojos curiosos nos salen al encuentro, adivinan nuestra profesión, nos preguntan «qué buscamos allí». Greguería de plazuela invade su ambiente humoso; sobre el fondo bermejo de los divanes, y á la luz perlina de las lamparillas eléctricas, vibra una multitud de sombreros de copa, de hongos, de blandos y artísticos chambergos abollados por la distracción de un ademán. Y aquella atmósfera de horno sofoca, y aquel recio murmullo de conversaciones irrita los sentidos y predispone efermizamente los nervios al impulso.