»Mejores son los cafés solitarios y mudos de los arrabales. Esos establecimientos tienen un espíritu bueno; entre sus muros de colores suaves las pisadas resuenan tranquilas y las conciencias «se sienten» pulcramente; algo familiar late en ellos; su alma sencilla es de amor y de paz.

»De noche los llena una gran luz blanca; los suelos están limpios; al hilo de las paredes, y bajo los altos espejos de dorado marco, el respaldo de los divanes pinta un zócalo rojo: aquí y allá, en los rincones, hay parejas cuchicheantes de enamorados, señores graves que leen un periódico, individuos distraídos ó atormentados quizá por preocupaciones hondas, que miran al espacio. Junto á una columna surge el perfil vigilante de algún mozo, silueta amable, inmovilizada por el hábito servil de la espera; y como su delantal blanco le oculta la parte inferior del cuerpo, su cabeza y sus hombros parecen los de un busto puesto sobre un pedestal.

»Muchas veces he meditado ante el enigma de esas figuras, calladas y quietas, que encanecen en el silencio de los pequeños cafés excéntricos: son tipos que tropezamos casualmente un día en que la lluvia ó la necesidad de escribir una carta, como la presente, nos condujo allí, y que más tarde, al regresar de un viaje que acaso duró varios años, tornamos á ver en el mismo sitio. Entonces su recuerdo renace en nuestra memoria obsesionándonos. Su traje probablemente será nuevo, pero tiene idéntico color, el mismo corte que el que vestía cuando les conocimos; la expresión de su actitud resignada también es igual. Algo fuerte emana de ellos: es el poder de lo inmóvil, de cuanto envejece sin temblar, de lo que aguarda. Al mirarnos parecen decirnos: «Ya sabíamos que habías de volver...»

»¿Quiénes son?—pensamos.

»Uno de ellos se llama don Juan, el otro puede llamarse don José ó don Pedro; mas de su vida íntima nadie sabe. Una mecánica inexorable rige sus actos. Tienen «un modo» de penetrar en el café, de quitarse el gabán, de sentarse, de desdoblar su periódico; luego, siempre á la misma hora, llaman al camarero sin ruido, con una leve inclinación de cabeza, pagan y se van, lentamente, cual si midiendo fuesen el espacio que les separa de la puerta. Acaso sean solterones que no quisieron componerse una familia, ó viudos cuyos dormitorios enfrió la muerte, ó casados para quienes no existe esa voz de amor que apaga sigilosamente en los hombres el deseo de salir á la calle de noche... Y por eso van allí; porque el alma bondadosa del café, tibio y señero, tiene para sus voluntades tristes blanduras de hogar.

»Algo extraño flota en el aire de esos salones de «todo el mundo»: es la melancolía que esparcen á su alrededor los viejos solitarios, el rastro de ingratitud que dejaron tras sí aquellos amantes que vimos allí durante un invierno, y de pronto desaparecieron, separados por la misma enfermedad de olvido que arrancó de nuestra mano tantas manos blancas.

»Ah! Si los espejos de los cafés, esos buenos espejos sobre los cuales todas las mujeres, al marcharse, lanzan una mirada, pudiesen hablar, sabríamos por qué es tan triste el rostro de los viejos...

»Y ahora, dígame usted, señora: ¿Será posible que más adelante, alguna noche como ésta en que haga frío y llueva, la cabeza de usted y la mía se reflejen juntas sobre el mismo cristal?...»

Varios días transcurrieron sin que las cartas de Villarroya obtuviesen contestación. El espíritu receloso y alambicador del novelista comenzó á impacientarse. ¿Por qué aquel silencio? Repasó espaciosamente todo lo hecho y dicho por él durante aquella última semana y no halló nada que reprenderse. Examinó la posibilidad de que sus misivas se hubiesen perdido, y esto, lejos de mortificarle, dió á su amor propio dulce contentamiento: mas luego, reflexionándolo mejor, reconoció que un tal accidente, por demasiado casual, no debía admitirse ni menos erigirlo en norte ó guión de sus actos, y que, de consiguiente, en aquel mutismo torturador, como preparado por un hábil folletinista, sólo había una coquetería de mujer. A pesar de tales reflexiones, el burlado galán no podía reducir su sobresalto. Fuensanta, que le observaba implacable, lo conoció, y su rostro, siempre triste, pareció cubrirse de una melancolía nueva. Ricardo confesó su inquietud, que él achacaba hipócritamente al desequilibrio que en sus nervios dejó el excesivo trabajo de aquellos días. Este malestar forzábale á moverse, á sentirse aburrido en todas partes, á huir de sí mismo. Apenas llegaba al lado de la actriz, una murria inexplicable trastornaba sus pensamientos; su carne se quejaba de la dureza de la silla; el aire de la angosta habitación oprimía sus sienes; los muebles, los viejos retratos, la luz de pozo de la ventana, le sugerían evocaciones dolorosas; bruscamente, sin saber por qué, dejaba de hablar ó interrumpía grosero á Fuensanta Godoy con ademanes de fastidio, ó cambiaba de asiento, pareciéndole que estas mutaciones de actitud, al mismo tiempo que trocaban á sus ojos la perspectiva de los objetos, recababan para su espíritu cierta paz momentánea. Cuando salía de allí, también hallaba cierto alivio en caminar de prisa; iba al teatro, al Ateneo ó al café, buscando ávidamente personas, fuesen ó no de su intimidad, con quienes charlar. En pocos días esta neurosis creció velozmente; el aislamiento y el reposo llegaron á darle la alucinación angustiosa del ahogo; se desesperaba; su voluntad iba de un deseo á otro buscando inútilmente una posición cómoda; su tormento era el tormento de esas almas vagabundas para quienes cada hora trae un problema; el problema, jamás resuelto, de lo que han de hacer.

Una carta de la Ignorada, una divina carta que venía del misterio, calmó esta inquietud. Escrita con firme pulso, decía así: