«Aquellos párrafos que describen lo que usted llama «el alma del café», son muy bonitos; pero advierto sorprendida, que usted, como la mayor parte de los señores novelistas, en cuanto salen del mundo de sus imaginaciones cometen los errores más vulgares.
»Sí, admirado amigo: el retrato que su pluma, tan hábil cuando inventa, ha hecho de mi espíritu, es completamente falso. Yo no soy rara, lo confieso llanamente, aunque mi confesión lastime un poco la más linda esperanza de usted. Repito que lo extravagante no me saludó nunca. Soy una mujer rica y libre que procura distraerse dando satisfacción á todos sus antojos. Los artistas, los «profesores de belleza», merecieron siempre mis simpatías; hoy me interesa usted, como ayer me interesaron otros hombres, como es probable que mañana un nuevo ideal alcance en mi corazón el puesto que usted ahora, por el mérito de su talento, ocupa. En esto, como usted ve, sólo hay egoísmo. ¿Qué quiere usted? ¡Soy así! El menor de mis caprichos me infunde veneración mística. Respételos usted también; es un consejo que me permito darle: los caprichos son flores sagradas de ilusión, lujos de juventud, coronas de lirios y de rosas que deshojan los años.
»Sin embargo, como deseo complacerle y sé que adora usted lo raro, quiero que nos conozcamos «raramente». ¿Cómo? Muy sencillo:
»Cíteme usted de noche y en una habitación donde podamos estar á obscuras. Hablaremos. Del sesgo de nuestra conversación dependerá que usted dé luz y yo me quede, ó que usted no dé luz y yo me vaya; mas, antes de acceder á esto, necesito recibir la seguridad de que el caballero á quien tan notablemente me confío sabrá respetarme.»
A pesar de lo mucho que Ricardo Villarroya había vivido, la soberana novedad del lance le deslumbró. Otro hombre, en su lugar, hubiese desconfiado de aquella cita inverosímil; pero él no vaciló; y como á fuerza de perseguir lo raro, lo estrambótico era su elemento, apresuróse á estrechar aquella mano blanca que le buscaba en la sombra.
Las circunstancias, sin embargo, no le ayudaban. Unas malas horas de juego pasadas en el Casino habíanle dejado sin blanca; además, su pobre mujer estaba encamada, inmovilizada por un violento ataque de reuma. Era indispensable, de consiguiente, hallar dinero y buscar un pretexto fuerte, lógico, que justificase su ausencia del domicilio conyugal durante una noche.
Sin otras reflexiones ni más cautelosos atisbos, Villarroya llegóse al dormitorio de la paciente. Eran las seis de la tarde; una lamparilla eléctrica ardía junto á la cabecera del lecho dentro de una piña de cristal azul, y su luz esparcía por el estuco un suave verdor amarillento.
Ricardo se aproximó á la enferma, frotándose las manos con esa ufanía característica de los hombres saludables.
—Hola, «Chulita», ¿cómo estás?
Levantó ella pausadamente la cabeza y su dolor y la alegría de verle dieron á sus ojos una expresión húmeda. El día lo había pasado bastante mal; á ratos imaginaba que sus fémures se partían, y bien echaba de ver que la Naturaleza es peritísima hechicera en el arte de torturar y que nadie como ella sabe oprimir los tornillos del suplicio, y dar duración á las ansias. Agregó: