—Diríase—murmuró—que le presentiste en tu pesadilla...

Gabriel Montánchez abrió la puerta y allí se detuvo, esperando a que su amigo saliera a recibirle.

—Adelante, querido—dijo Alfonso—, y ve a Consuelo; no sé qué tiene.

—¿Jaqueca?

—Jaqueca y mimo, de todo un poco.

—¡Bah! El mimo y los celos, achaques son de recién casadas.

Consuelo hizo un gesto de mal humor y escondió los brazos bajo las sábanas. Gabriel Montánchez era alto, representaba cuarenta años y sus ademanes y actitudes tenían naturalidad y sencillez encantadoras; era hermoso, con esa arrogancia y satisfecha osadía de los retratos antiguos: la frente desembarazada, pobladas las cejas, la nariz correcta, los labios finos, las mejillas siempre pálidas, sin barbas ni bigote. Pero lo más notable de su fisonomía eran los ojos; ojos pardos muy obscuros, que miraban fijamente, con expresión punzante, cual si fuesen capaces de leer a través de los cuerpos opacos; su fascinadora atracción llegaba a ser insoportable; era la mirada del hombre de genio que todo lo sabe, y también la del aventurero audaz que a todo se atreve.

—Hay algo de fiebre—afirmó Montánchez pasados algunos momentos de silenciosa observación—, ¿qué siente usted?

—Nada—repuso Consuelo—, sino son muchas ganas de comer golosinas. Pero, sí... me duele bastante la cabeza y hasta parece que la habitación gira en torno mío.

—Yo creo—interrumpió Alfonso viendo que su mujer no acertaba a explicarse—que a ese cuerpo le falta algún resorte esencialísimo, y de ahí que los demás órganos funcionen mal. A ratos y sin motivo, sufre fríos horribles, contra los cuales fracasan cuantos medios de calefacción se empleen, y que sólo yo puedo curar contando cuentos o discurriendo tonterías extravagantes: ¿qué te parece? Y otras, un calor extraño que la sofoca hasta bañarla en sudor. A veces la atormentan ridículos terrores, o se vuelve irritable y antojadiza... En fin, que la niña es un manojito de estrafalarios caprichos y de rarezas.