Montánchez encendió un fósforo y aproximándolo al rostro de la joven:
—Míreme usted—dijo—de frente, sin pestañear.
Consuelo sostuvo aquel examen cinco o seis segundos y empezó a parpadear.
—Estése usted quietecita—exclamó Gabriel sonriendo—; así no puedo observarla los ojos.
—Ni falta—repuso ella con su habitual mohín de desdén y atropellando todo género de miramientos—; no quiero que me mire usted; me hace usted daño.
—¿Dónde?
—Concho, en todo el cuerpo...
Montánchez la examinó el interior de los párpados y las encías.
—¿Tiene usted palpitaciones?—inquirió.
—No sé tampoco; a ratos me duele el corazón.