—Nunca, ¡concho, qué miedo!...

A cada nueva contestación Gabriel Montánchez, perplejo, enarcaba las cejas. Concluyó marchándose sin recetar.

Entonces Consuelito Mendoza se enfureció; estaban ofendiéndola y su marido lo permitía. Hola, ¿conque todos menospreciaban sus dolores? Pues ella sabría de qué modo comportarse en lo sucesivo: desde aquel momento quedaba libre para hacer cuanto se la ocurriese, comería lo que quisiera, iría al teatro sin permiso de nadie, y, sobre todo, no consentiría que volviesen a hablarla de aquel médico cazurro y antipático...

Sandoval, que había salido a despedir a Montánchez, le interrogó acerca de la enfermedad de Consuelo.

—Por ahora—repuso el médico—, el daño es insignificante, pero puede ser germen de perturbaciones gravísimas. Al principio, creí habérmelas con un desarreglo cardíaco, pero no, el corazón funciona perfectamente. Aquí todo el mal radica en el cerebro, o por decir mejor, en la médula espinal: los nervios son los causantes de esos vahídos y palpitaciones que sufre, y los conturbadores únicos de su carácter. Consuelo es extraordinariamente impresionable, parece una sensitiva o una balanza de precisión, y el menor disgusto, el accidente más nimio, la alteran: el color de sus cabellos, la expresión de su mirada, la palidez y suavidad de la piel, todo acusa un desarrollo neurológico excesivo; y los desmanes de esos nervios es lo que importa corregir. Para ello debes evitarla todo clase de emociones; las emociones son un veneno para los enfermos del corazón o del cerebro. Prohíbela el uso de perfumes, no la lleves al teatro cuando representen dramas demasiado vehementes, ni a la ópera, porque la música, según Goncourt, es el haschisch de las mujeres y las vuelve locas; no la contradigas nunca abiertamente, para que la contradicción no la excite irritándola, y distráela cuanto puedas: los nervios son a modo de sutilísimos hilos telegráficos que siempre están vibrando, y ya que no se les puede reducir al reposo absoluto, procuremos, al menos, que vibren agradablemente. Por ahora, nada de medicamentos. El agua de azahar sólo la procuraría alivios pasajeros, y el bromuro es un calmante demasiado enérgico. Más adelante, si la enfermedad se mostrase rebelde, recurriremos a las duchas o al hipnotismo, único sistema que puede emplearse con éxito en la curación de los padecimientos nerviosos.

Con esto se fue Montánchez, y Alfonso regresó al dormitorio donde su mujer continuaba llorando, muy pesarosa de que nadie creyera en la gravedad de su estado.

En días sucesivos la joven experimentó alguna mejoría.

Por las mañanas su refugio predilecto era el despacho; un cuarto grande y bien empapelado, con dos ventanas a un patio espacioso. A un lado de la habitación había un retrato de Víctor Hugo, ya viejo, con sus dulces ojos azules y su melena blanca; debajo estaba la mesa de escribir adornada por un tintero de plata que Sandoval conservaba como recuerdo de familia: los demás testeros los decoraba una rica estantería de caoba repleta de libros cuidadosamente colocados; los grandes a un lado, los chicos a otro, los encuadernados ocupaban sitios preferentes, los en rústica los lugares menos visibles. Sobre aquellos estantes varios bustos de hombres célebres levantaban sus escorzos inmóviles: Cervantes y Calderón, junto a Demóstenes y a Esquilo; Byron y Shakespeare, frente a Confucio y a Marco Aurelio; así, todos revueltos, como celebrando desde lo alto de los armarios un congreso misterioso a despecho de los siglos y de la muerte.

Allí era donde Consuelito Mendoza pasaba las mañanas, cosiendo junto a la ventana hasta la hora de almorzar; a ratos apoyaba la frente sobre el cristal para sentir una impresión de frialdad que aliviaba los ardores de su cerebro, y permanecía embelesada, mirando las paredes del patio renegridas a trechos por grandes manchas de humedad, y oyendo las voces de los vecinos o el adormecedor murmullo de la lluvia. Entonces su espíritu parecía desligarse del cuerpo; éste yacía inmóvil, conservando la actitud que adoptó al sentarse, mientras el otro se disipaba en lo infinito o era absorbido por ese “no ser” que en las horas de reflexión y recogimiento flota sobre nuestras cabezas: sus ojos abiertos, apenas veían el objeto reflejado en la retina, el tímpano vibraba transmitiendo al cerebro ecos indefinidos...

El alma, como el mundo, tiene sus desiertos, infinitamente más grandes que los terrestres; arenales inmensos, piélagos sin playas por las cuales vuela el pensamiento sin hallar una idea seductora. Cuando Consuelo Mendoza, harta de mirar hacia abajo, levantaba los ojos para complacerse viendo caer la nieve, apreciaba la velocidad con que descendían los copos a pesar de su extraordinaria rapidez, y entonces seguía mirando con nuevo ahinco, hasta que aquella multiplicación interminable de puntitos blancos empezaba a trastornarla: sucedíala con ellos lo que a los viajeros de un tren, para quienes los árboles, los postes telegráficos y los pueblos enteros corren hacia atrás, cuando son ellos los que caminan hacia adelante. Viéndolos caer, Consuelo pensaba subir. Esta ascensión comenzaba poco a poco, luego su rapidez aumentaba y al fin convertíase en carrera furiosa, trasportándose a través del abismo cual si fuese una pluma; y si no se estrellaba la cabeza contra el techo, era porque su casa y todas las adyacentes ascendían también con el mismo anhelo y premura con que los copos de nieve bajaban. Cuando la joven podía reconocer oportunamente su alucinación, apartaba los ojos del objeto que tan fuertemente la atraía; pero si el embeleso cobraba apariencias de realidad no podía substraerse a él, y muchas veces la hallaron junto a la ventana, la cabeza caída hacia atrás, jadeante, mirando al cielo con ojos alocados, cual si un hipnotizador sobrehumano la sugestionara desde la inmensidad del vacío.