Gabriel también se hallaba rendido, pero calculando que su viveza en los ataques podrían darle la victoria arremetió a Sandoval y cogióle por debajo de los brazos; Alfonso lanzó un grito frenético, viéndose perdido si su agilidad no le sugería algún nuevo medio de defensa. En aquella falsa posición no podía revolverse, sus pies apenas tocaban el suelo, y mientras sus brazos se agitaban en el vacío los del médico le oprimían en un círculo de acero; en tal actitud estaba a merced de su enemigo que podía, haciendo un esfuerzo, levantarle completamente en el aire y estrellarle el cráneo contra el suelo.
—¡Ya eres mío!—rugió Montánchez.
Y le alzó para voltearle; mas no pudo y Sandoval cayó de pie.
—Todavía no—murmuró éste.
—¡Pero lo serás!... ¡lo serás!...
La idea de su impotencia y de que aquel infame jugaba con su vida como antes jugó con su honor, redoblaron las fuerzas de Alfonso.
Con rapidez felina apoyó sus manos sobre el pecho de Montánchez, y en cuanto pudo ensanchar un poco el círculo donde se ahogaba y afirmarse en el suelo, se precipitó sobre el médico asiéndole por el cuello con los dientes: Gabriel hizo un violento esfuerzo para desasirse, pero no lo consiguió; las mandíbulas de Sandoval se apretaban en una especie de crisis epiléptica; Montánchez sintió que el pecho se le empapaba de sangre y Alfonso que su boca se llenaba de un líquido caliente, nauseabundo, acre, que enardecía su rabia.
Fuera resonaban los gritos de las criadas, pidiendo auxilio.
En los vaivenes de la pelea Gabriel tropezó y, perdiendo el equilibrio, cayó al suelo arrastrando a Sandoval tras sí: entonces arreció el empeño de la lucha y con él los esfuerzos de los combatientes, que rodaban el uno sobre el otro sin poder desasirse; un instante consiguieron ponerse de rodillas, pero pronto les faltó el equilibrio y forcejeando volvieron a caer. Esta vez Sandoval quedó debajo, medio ahogado: la sangre del médico inundaba su boca y en su angustia tenía que tragársela; y mientras procuraba degollar a su enemigo con los dientes, Gabriel Montánchez gemía sobre él de rabia y de dolor.
La cabeza de Consuelo pendía fuera del lecho, el quinqué, falto de petróleo, parpadeaba como la rojiza pupila de un borracho, y entre los muebles destrozados y sobre un charco de sangre, aquellos dos hombres seguían ahogándose en un postrer abrazo...