Y extendiendo el brazo como para contener aún a su enemigo.

—¡Alfonso!—gritó—, dos hombres como nosotros si riñen es a muerte.

—¡A muerte!—repitió Sandoval con alegría feroz—; tú has matado a Consuelo y por su vida, la tuya.

—Sea, pues.

Los dos rivales se acometieron.

La lucha prometía ser horrible: eran dos atletas; vigorosos de cuerpo, enteros de alma, llenos de agilidad, de audacia y de ira; pronto sus caras y manos estuvieron cubiertas de sangre, que se limpiaban con el antebrazo o que escupían cuando se les entraba por la boca. El dolor de los golpes centuplicó su coraje, y deseando abreviar la pelea lucharon a brazo partido: Montánchez era más alto que Alfonso y más membrudo, pero, en cambio, éste tenía más elasticidad en los músculos, más rapidez en los movimientos, más nervios, más ira.

Entonces el combate alcanzó proporciones épicas. Los rivales, anhelantes, frenéticos, se oprimían, se estrujaban, se separaban un poco para volver a embestirse con nuevo encono, procurando sorprender una debilidad, un descuido, una pisada en falso de su contrario, para cargar sobre él y derribarle; jadeantes y ensangrentados peleaban con la desesperación del que sabe que no puede rehuir el peligro.

Las sillas quedaron derribadas y la mesilla de noche cayó al suelo saltando en pedazos su tapa de mármol. Oyéronse pasos precipitados; eran las criadas que, sobrecogidas de terror al sentir el estrépito, procuraban enterarse de lo que ocurría; al convencerse de que en la alcoba reñían trataron de abrir la puerta, pero como ésta estaba cerrada y no cedió, prorrumpieron en alaridos de espanto y en voces desaforadas pidiendo ¡socorro, socorro!...

Entretanto, los combatientes continuaban su cruel porfía, sintiendo que su sed de venganza aumentaba con el cansancio.

Hubo un momento en que Montánchez, ágil como un tigre, descargó un vigoroso puntapié en el vientre de su enemigo; era ésta una estratagema decisiva que había aprendido de los boxeadores ingleses: Sandoval ladeó el cuerpo, mas no pudo evitar del todo el golpe y fué a recostarse sobre la pared arrojando sangre por la boca; estaba pálido, desencajado por la fatiga, porque su boca y su nariz no bastaban a aspirar todo el aire que necesitaban sus pulmones.