—Gabriel, uno de nosotros morirá.

—Sí, es preciso—repuso el médico con arrebato—; yo lo quiero también: no creas que soy como aquel parricida que trató de conmover a sus jueces recordándoles su orfandad. Cuando me decidí a traicionarte sabía que en este lance me jugaba la vida; él o yo, dije entonces; y ahora que ha llegado el momento de resolver aquel dilema quiero agregar al crimen de Consuelo el tuyo, o morir a tus manos.

Montánchez parecía tranquilo y su voz resonaba con ese aplomo que, aun en las circunstancias difíciles, conservan los caracteres bien templados. Y había una grandeza imponente y trágica en aquellos dos hombres que iban a destrozarse en una habitación cerrada.

—No eres despreciable del todo—murmuró Alfonso—, me debes tu sangre y me la traes.

—Sí, te la debo y te la traigo; pero para cobrarte has de venir por ella; yo no te la doy.

Sandoval no le oyó: un destello de razón había iluminado su cerebro y vió su pasado, su amor, su juventud, su deshonra, su porvenir lleno de oprobio, el cuerpo ultrajado de Consuelo pidiéndole venganza y la alevosía de aquel amigo a quien tanto quiso: una ola de fuego le abrasaba el rostro, una nube de sangre se extendía ante sus ojos.

—¡Suya, suya!—murmuraba.

Corrió al gabinete para cerrar la puerta y volvió en seguida al dormitorio palpándose los bolsillos.

—No tengo armas—dijo.

—Yo tampoco—repuso Gabriel—, pero eso no importa; así la agonía del que sucumba será mayor y podrán saciarse más cumplidamente los deseos vengativos del matador.