—Eso ocurrió...

—La tarde de la tempestad.

—¿Y quién lo sabe?

—Nadie, más que tú y yo.

Hubo un silencio.

—¿Qué hiciste, Gabriel?—exclamó Alfonso con un acento que revelaba las angustias de su alma—, ¿qué hiciste de nosotros?...

Y le miraba fijamente, pensando en lo que acababa de oír y examinándole los brazos, los ojos, la boca, las manos... ¡las manos, sobre todo!... Aquellas manos habían mancillado el cuerpo de Consuelo, aquellos labios la besaron, aquellos ojos la vieron desnuda...

Los dos hombres se contemplaron con furor: Sandoval estaba a un lado del lecho, Montánchez a otro, como separados por la muerta.

—¡Suya, suya!—murmuró Alfonso abrumado—; ¿es posible?

Luego agregó: