Cayó boca arriba, los brazos abiertos y la cabeza colgando fuera de la cama; muerta...
Alfonso miró al médico, y con una voz que el dolor tremolaba:
—Gabriel—dijo—, ¿es cierto lo que ella ha dicho?...
—Completamente cierto—repuso Montánchez sin inmutarse—, y si no hubiese hablado, yo lo hubiera dicho, pues ya me repugnaba prolongar tanto tiempo una mentira.
—¿Y fué tuya?
—Sí.
—¿La violentaste?
—Sí; fué una caída de la que la infeliz no es responsable: luchamos, yo era más fuerte y vencí.
—¿Y los cardenales de los brazos se los hiciste tú?
—Yo mismo.