—¡Consuelo!—gritó cogiéndola por los brazos y obligándola a sentarse en el lecho—, piensa lo que has dicho; Consuelo, por tu padre, por el amor que me tienes... habla: si Gabriel te arrastró al adulterio, le mato; pero si es inocente, dímelo, dímelo pronto para descansar... Consuelo, vuelve en ti, ¿quién es el hombre que te ha perdido?... Acaba, miserable, despierta, recobra el seso, porque si no harás que yo lo pierda también... Dilo, antes de que te ahogue...

Y la sacudía, la abofeteaba, ciego de coraje.

—Di, ¿quién fue?... ¿Es Montánchez, es Montánchez?...

La voz de Sandoval tenía un poder extraordinario, que daba frío; Consuelo se estremeció y sus párpados se entreabrieron.

Entonces exclamó Alfonso, señalando al médico:

—Me lo acabas de confesar, ¿es ése?... ¿Es ése?...

Las pupilas de la joven se dilataron y un terror infinito desfiguró su semblante: con esa lucidez de los moribundos, comprendió la situación, la sima que acababa de abrirse a sus pies y la horrible tragedia que seguiría a su muerte; el crimen estaba descubierto y ella perdida.

—Pero, habla, ¿es ése?... ¿Es ése?—repitió Sandoval.

Consuelo Mendoza hizo un gesto de suprema angustia y se desplomó sobre el lecho murmurando:

—¡Sí, ése es!...