—¿Que quién es?—balbuceó ella queriendo despertar.
—Sí, ¿quién es?
—Es... no puedo decirlo... es tu amigo.
—¿Mi amigo, dices... mi amigo Montánchez?
Ella vaciló.
—¡Acaba!
—Sí, sí, ése mismo...
—¿Montánchez?
—Sí, ése... Montánchez...
Sandoval ya lo sabía; uno de esos presentimientos que nunca engañan se lo dijo y, sin embargo, la confesión que acababa de sorprender a Consuelo le anonadó. Se puso pálido, luego lívido, abrió la boca y se pasó las manos por la frente; después retrocedió buscando un punto de apoyo, porque sus piernas empezaron a temblar y creyó que las paredes de la habitación giraban en torno suyo y que el piso se hundía bajo sus pies; pero súbitamente la voluntad reaccionó sobre sí misma devolviendo a los músculos su entereza.