—¡Ay, suélteme usted!... yo quererle, ¡qué locura!... yo, que no puedo verle ni pintado... No, señor, a mí no me toca nadie más que mi marido, y a mí no tiene usted que tutearme... ¡Ay! me aprieta entre sus brazos... Bueno, me escaparé, no puedo, me echa sobre el sofá... no puedo moverme... ¡favor, socorro... so... ay... no me deja gritar, me tapa la boca con la suya!

Incorporóse con un movimiento rápido y empeñó con Sandoval una lucha desesperada, procurando morderle, babeando de coraje y deshaciéndose en denuestos que la ira entrecortaba.

—¡Mentira, perro, mentira—repetía—, de mi marido sola, de usted nunca: me tendría usted que matar antes!...

—Pero, ¿con quién hablas, con qué demonio del infierno?—gritó Alfonso, ciego de ira, sacudiéndola por los brazos como si quisiera arrancárselos.

—Déjala—exclamó Montánchez—, estás maltratándola bárbaramente.

—Gabriel, aquí hay un hombre engañado, un hombre del que otro se ríe, y ese hombre soy yo... Pues bien, el misterio ha de quedar resuelto en seguida, y de aquí no sales sin que yo esté persuadido de que no eres un criminal.

Consuelo le interrumpió.

—Sí, marido mío, esa es la verdad, la horrible verdad... ¿quién había de pensarlo?... Créeme, no estoy borracha, no... ¿Cómo, y el miserable dice que no... me desmiente, se atreve a negarlo?... ¡Cobarde, canalla!... Usted es, usted sólo, tenga usted siquiera el valor de confesarlo... ¿No siente usted vergüenza de su conducta?... ¡Sí, Alfonso, ése es el infame que me ha perdido, el que se ha mofado de tu honor y del mío, ése!...

—Pero, ¿quién es ése?—gritó Sandoval, por cuya frente corrían gruesas gotas de sudor—, ¿quién es, no tiene nombre?...

El médico, silencioso, se mordía los labios.