—No puedo, no me atrevo—balbuceó aún.
—Sí, sí puedes, te lo mando yo, yo que estoy aquí para defenderte—gritó Alfonso con toda la energía de que fué capaz, temiendo que su voluntad no prevaleciese.
La corriente simpática triunfó.
—Creo que se ha ido—prosiguió Consuelo—, no sé por dónde, pero no le siento... Verás, yo estaba sola en el gabinete...
—¿Cuándo?
—Me quedé sola cosiendo... y llamaron a la puerta... un repiqueteo muy largo y luego otro... ¡hijo, cuánto me duele el corazón, apenas puedo respirar!... Parece que me ponen una piedra muy grande sobre el pecho... y entró; desfallecí al verle, y para que comprendas que el diablo anda metido en esto, yo misma abrí la puerta y dejé entrar al lobo.
En aquel momento el semblante de Montánchez adquirió una expresión feroz, y sus ojos relampaguearon con ira salvaje.
Consuelo calló y sus manos temblaron.
—Sigue—dijo Sandoval, que por la posición en que estaba no pudo ver los gestos que desfiguraban la fisonomía del médico—, te lo mando yo, ¿no entiendes?... ¡Sigue!
Indudablemente los pensamientos de la joven continuaron desarrollándose mientras permaneció silenciosa, porque súbitamente su alucinación fué terrorífica.