—¡Qué miedo, ese hombre, ese... qué cara tiene tan seria!...
Y se cubrió los ojos con las manos.
Alfonso conoció la perfidia encerrada en la conducta de su amigo y anhelando contrarrestar su influjo, asió violentamente una de las muñecas de Consuelo.
—¡Habla—dijo en tono imperativo—, yo te lo mando!
El semblante de la joven expresó sorpresa, después alegría.
—¡Es él!—murmuró.
—¡Habla, habla!—repitió Alfonso colérico.
—Sí, sí... es él, ¡ay! pero no me atrevo, está ahí el otro, no le veo... pero le siento cerca...
En efecto, Montánchez la miraba con toda la fuerza de sus ojos.
Sandoval nunca había puesto a prueba el poder magnético de su mirada, ni sabía el estado psicológico en que debe colocarse el operador para producir más fácilmente la sugestión; pero si le faltaban la ciencia y la costumbre, en cambio poseía ese vigor extraordinario que desarrolla en los espíritus el amor y los celos; y como el cerebro de Consuelo tenía la sensibilidad de las agujas imantadas, no pudo substraerse a aquella nueva y simpática corriente sugestiva que la libertaba de la odiosa fascinación del médico.