—Esto es espantoso, váyase usted, se lo ruego de rodillas; mi marido puede llegar... ¡Ay! no me apriete usted de ese modo, parece que se parten mis brazos, yo desfallezco... ¡Alfonso de mi alma, ven aquí, ven a favorecerme, que ya no puedo más!...
Se agitaba luchando con aquel enemigo que su imaginación la ponía delante.
—¿Dónde estará Alfonso, que no viene?... No, la muerte antes... si yo pudiera valerme de mis brazos o morder...
Aún se defendió un poco y al fin tendióse a discreción, destrozada de tanto pelear. Hubo un largo silencio.
—Sí, maridito mío—agregó—, yo no quería contarte las causas de estas señales, pero ahora he resuelto decírtelo todo; sí, todo; ya ves que me pongo muy seria... Te lo explicaré todo, ¿entiendes? aunque el recordarlo me hace mucho daño; pero promete que no te enfadarás conmigo ni con nadie...
Entonces Gabriel se acercó a la cama.
—¡Déjala, no la mires!—gritó Sandoval de un modo siniestro—; déjala que hable, mi vida depende de sus labios.
—Por esas incomprensibles temeridades tuyas, puede sobrevenir otra crisis como la que ha sufrido hace un momento y de la que libró milagrosamente.
—Montánchez—exclamó Alfonso con el acento del hombre resuelto a todo—, te aconsejo que no la mires; sé que no quieres que hable y tratas de callarla con los ojos, y haces mal en mantener tal empeño; no me importa que muera, el corazón me dice que aquí habrá más de un cadáver.
Pero la poderosa mirada del médico ya había producido su efecto y Consuelo empezó a tartamudear: