—¡Es él, y yo aquí sola!... voy a morirme de espanto. No, señor; pero mi marido volverá de un momento a otro... quizá no tarde ni diez minutos... si quiere usted hacerle algún encargo yo se lo diré; sí, eso es lo mejor; ¿para qué va usted a molestarse en esperar?... ¡Y estoy sola!... Este hombre y el diablo se dan la mano para perderme.

Hubo otra pausa; Alfonso y Montánchez se miraron fijamente.

—No, no, señor—prosiguió Consuelo—, eso, de ninguna manera; o usted ha perdido el juicio, o me toma por una tía del arroyo... Lo que usted oye; sí, señor, eso mismo, no tengo nada que añadir, mis fallos son irrevocables como los de las leyes absolutas. Por la violencia menos... se lo juro a usted, antes muerta: yo tendré menos fuerza, pero a corazón nadie me gana y el mío es de un hombre que quiero con toda mi alma; se lo di enterito hace mucho tiempo... ya sabe usted demasiado a quién me refiero; pues sí, él se lo llevó y aquí no me ha quedado ni una piltrafa... ignoro la razón de mi cariño; es bueno y es guapo... ¡ya ve usted si le quiero, que por él perdí hasta las ganas de besar a mi padre!... Pero aunque así no fuera, a usted no puedo amarle nunca, le odio demasiado para mirarle alguna vez con buenos ojos... me ha sido usted siempre repulsivo; desde la primera vez que le vi... usted es malo y las personas malas me infunden repugnancia y miedo.

—¿Pero con quién hablará esa mujer?—exclamó Sandoval—, ¿con quién?...

Montánchez no se movió.

—¡Uy, qué asco!—dijo Consuelo desvariando y echando poco a poco hacia fuera la saliva que tenía en la boca—, ¡qué sabor tan repugnante tiene esta agua de tila!... ¡Puf! me he tragado un cuerpecillo sólido, quizá una pajilla o un pedacito de azúcar... pero no, es un sabor amargo, tal vez habría en el fondo una araña muerta... ¡Qué asco, un bicho negro y con tantas patas!...

Prorrumpió en arcadas como si fuese a vomitar; aquella alucinación gustal aumentó la fuerza del ataque histérico y su cuerpo empezó a crisparse.

Entonces Sandoval, temiendo que se lastimara, cogió el quinqué y penetró en la alcoba; Gabriel, que a pesar de su aparente tranquilidad no había perdido un solo detalle de la escena, se apresuró a seguirle, comprendiendo que el momento decisivo llegaba.

Alfonso se sentó en la cama procurando dominar las sacudidas nerviosas de la joven sujetándola por las muñecas, mientras Montánchez, no queriendo que su solicitud despertase la ya alarmada suspicacia de su amigo, permaneció al otro lado de la cama, con los brazos cruzados y la impasibilidad del exorcista ante los calambres de una posesa a quien está sacando con conjuros los demonios del cuerpo.

Consuelo procuraba desasirse de las manos de Alfonso, empleando para conseguirlo un vigor sobrehumano. Tenía el semblante congestionado, el pelo suelto y extendido sobre las revueltas almohadas, los ojos apretados convulsivamente, las narices dilatadas, los labios descoloridos, la boca llena de espumarajos, las venas del cuello pletóricas de sangre, el cuerpo arqueado, los brazos rígidos. Conforme la intensidad del ataque arreciaba, la curvatura del cuerpo aumentaba también; hubo momento en que las nalgas estuvieron separadas del colchón cerca de medio metro, y Sandoval creyó que la columna vertebral iría doblándose hasta permitir que la cabeza se juntase con los pies: en aquel instante la cara de Consuelo ofrecía un aspecto horrible; el pecho contraído por un espasmo violentísimo no podía alentar y la falta de respiración determinó un aumento considerable de sangre venosa; el cuello y el semblante fueron obscureciéndose hasta renegrirse; sus ojos se abrieron; los tenía inyectados como los de las personas que mueren por asfixia, y entre las babas que salían de su boca entreabierta, apareció un hilito de sangre. Pero el espasmo había llegado a su mayor grado de intensidad sin conseguir romper ninguna fibra vital, y Consuelo lanzó un grito y cayó sobre la cama: el aire penetró silbando por las fosas nasales, el pecho alentó con placer y la cara recobró su color; pasados algunos minutos, el delirio histérico empujaba los nervios hacia otras sensaciones y la joven palideció como la persona que sucumbe víctima de una sangría suelta. Después empezó a hablar.