—No te muevas—dijo Sandoval poniéndose de un salto delante de la alcoba—, a esa mujer la ha sucedido algo muy grave cuando grita de ese modo, y necesito saber qué es.

—Quieres una tontería; dejándola entregada a sí misma, la crisis puede matarla.

—No importa; he de arrancarla ese secreto que me oculta... y por saberlo diera su vida; ¡ya ves si deseo conocerlo!... Parece que no quieres que hable, que te da miedo oírla, que tratas de amordazarla con tu magnetismo...

—¡Basta, Alfonso!—replicó Gabriel haciendo un gesto despreciativo—; mi corazón no conoce el miedo; no temo a nadie y menos a una mujer histérica, y si no creyese que discurres así porque la fiebre nubla tu razón, me iba de aquí para no volver, pues hay ofensas que la amistad más estrecha no disculpa...

Diciendo esto sentóse en el sofá con toda la indolencia del que se dispone a dormir, y Alfonso permaneció de pie, escuchando la voz amada.

Consuelo hablaba tranquilamente.

—No sé cómo arreglármelas para meter mi equipaje en estos baúles; ¡y cuidado que son grandes los malditos!... ¿Pero en qué pensaría Alfonso? Debió de comprar muchos, muchos, veinticinco o treinta, aunque fuesen pequeñitos... Y ahora no puedo cerrarlos, no tengo fuerzas... ¡Ay!... qué triste estoy; el día se presenta malo, ¡cómo llueve!... Voy a helarme en el tren... si me parece que estoy metida en el coche y que junto a mí va un señor muy gordo, con unas narices muy coloradas, durmiéndose sobre una maleta... Pero no, aún no he salido de mi casita, ni saldría nunca si en mí consistiera; Alfonso cree que deseo viajar, correr mundo... como si me importase algo verle los bigotes al emperador de los chinos o patinar por el Sena; lo que necesito es huir, poner muchas leguas por medio... ¡Uy, ahora que se han ido ésas empiezo a sentir miedo!... Me aterroriza pensar que estoy solita en esta casa tan grande y tan obscura; parece que las estatuas del despacho se descuelgan a lo largo de los armarios para visitarme... Sí, cerraré la puerta para que no entren. ¡Cómo llueve! Lo que más temo son los relámpagos y los truenos... Y Alfonso sin venir...

Calló haciendo sonar su lengua contra el paladar, como saboreando algo. Sandoval continuaba inmóvil, con el oído pegado a la cortina de la alcoba, poseído de ansiedad creciente; tenía el presentimiento de que iba a saber el misterio con que luchaba desde hacía tanto tiempo, y que Consuelo sería la pitonisa reveladora. Montánchez seguía en el sofá, pálido y frío.

—Y han llamado—continuó diciendo la joven—, juraría que es el timbre de la escalera... Dios santo, vuelven a llamar, ¿quién será?...

Las ideas que sucesivamente se ofrecían a su espíritu eran de tal naturaleza, que comenzó a temblar violentamente.