Entonces se retiró de puntillas y fué a sentarse en un sillón, después de cubrir con un papel la parte inferior del quinqué colocado sobre la chimenea, para que su luz no le molestase. Montánchez se había tendido en el sofá. Alfonso empezó a contemplarle a su sabor aprovechando la circunstancia de tener el médico los ojos cerrados. Hasta entonces nunca pudo fijarse bien en su amigo, y quiso corregir aquel descuido de su atención; examinó su ancha frente surcada de arrugas, sus cejas bien arqueadas, su nariz recta, sus mejillas hundidas y la blancura marmórea de aquel semblante que parecía más pálido de lo que era en realidad, visto a los reflejos del quinqué: después, aquellos rasgos fueron borrándose y concluyó viendo en el sitio ocupado por la cabeza una sombra blanca. Vencido por el sueño, inclinó la cabeza sobre el pecho...

A pesar de los recelos que hasta allí le sostuvieron en perpetua vigilia, su cuerpo y su espíritu, extenuados, reclamaban imperiosamente el derecho que tiene todo lo que vive al reposo; la materia estaba aniquilada, las piernas no querían moverse, los oídos eran dos órganos inservibles, sordos a toda impresión; sus ojos, abiertos por un esfuerzo supremo de voluntad, no veían; los nervios estaban embotados, el cerebro dormido; la naturaleza exigía descanso y fué preciso rendirse.

Largo rato hacía que los dos hombres disfrutaban el más reparador de los sueños, cuando Consuelo, que se revolvía en la cama articulando palabras, lanzó un grito tan penetrante que les despertó.

—¡Socorro, socorro, suélteme usted!—decía.

Ellos se levantaron, pero Alfonso había entendido las palabras pronunciadas por la enferma y aquello fué para él un rayo de luz.

—No te muevas—dijo con tono imperioso y sujetando por un brazo a Montánchez que se dirigía a la alcoba.

—¿Por...?

—Porque quiero oír lo que dice.

—¡Valiente antojo!... Dirá mil simplezas, como siempre; suelta, conviene cortar el ataque para impedir que aumente...

—¡Socorro, que me ahogan, no puedo respirar!...—gritó Consuelo.