Los resultados de tan infernales maquinaciones se apreciaban ya a simple vista: la postración de Consuelo era espantosa, su cuerpo y su espíritu iban sumergiéndose en el no ser, rápidamente, y la nostalgia y la anemia se daban la mano para completar el aniquilamiento del organismo; sus largos desmayos la dejaban postrada, y cuando volvía en sí, la conciencia de su triste estado la precipitaba otra vez en nuevos delirios.

Más que para Montánchez, las noches se hacían insoportables para Sandoval, que comprendía cuán equívoca y terrible era su situación. A las ocho de la noche la doncella iba a decirles que la cena estaba servida, y entonces los dos salían del dormitorio de la enferma para pasar al comedor. Las comidas eran tristes; se sentaban el uno frente al otro y permanecían silenciosos, comiendo maquinalmente, preocupados con sus pensamientos.

Después de tomar el café, Montánchez se sentaba en un sillón, cargaba una pipa de sándalo y fumaba tranquilamente, adormeciéndose con las voluptuosas emanaciones de aquel humo perfumado; Sandoval quedábase inmóvil, los codos sobre la mesa y la cara entre las manos, mirando detenidamente su taza, ya vacía, llena de cenizas de cigarro. Así estaban una hora, dos... hasta que la campana del reloj o algún grito de Consuelo les sacaba de su éxtasis; entonces se levantaban cual si sólo hubiesen estado aguardando aquella señal para ponerse en movimiento y volvían al cuarto de la joven. Allí se instalaban, cada cual en su butaca, y dejaban transcurrir el tiempo entretenidos, al parecer, en mirarse la bigotera de sus botas o los dibujos de la alfombra.

A pesar de esta calma aparente, empezaba a surgir entre ambos un disgusto, un antagonismo, una tirantez magnética que acrecía por momentos; eran amigos o, por lo menos, lo fueron hasta allí, y la amistad y la consecuencia que creían deber guardar a su antiguo cariño, era lo que les impedía abofetearse. Aquella animosidad radicaba principalmente en Alfonso: su instinto suspicaz había convertido sus recelos en certidumbres y un odio mortal iba invadiendo su corazón; y si no estalló de una vez fué porque algo misterioso le retenía, poniéndole ese pelo que se enreda al frenillo de la lengua, aun en las circunstancias más críticas, y que rara vez deja hablar a tiempo.

Su exasperación provenía de su situación harto equívoca; sabía que su honor fué pisoteado, que sus ensueños de felicidad estaban muertos y que el único autor de aquella catástrofe era un hombre, quizá el mismo que tenía delante, y a quien, por falta de pruebas, no podía estrangular. La idea de representar un papel ridículo y de que alguien estuviera riéndose en silencio de su ceguedad le ponían fuera de sí: hubiera preferido habérselas con un demonio de cien cabezas, a reprimirse y sufrir por no hablar fuera de razón: su actitud era agresiva, pero aún no estaba bien determinada y padecía ese raro furor que acomete a los perros de presa cuando oyen el gruñido provocador de un rival invisible.

La posición de Gabriel Montánchez era bien distinta: conocía perfectamente qué circunstancias le favorecían y cuáles le perjudicaban, y la única persona de quien debía guardarse, caso de que el enredo se descubriese. Estaba, por tanto, a la defensiva, pero tranquilo, confiando a la ciencia el éxito lisonjero de su empresa, y en último caso, y cuando toda compostura fuese imposible, encomendándose a su valor.

Así iban filando las horas para ambos, inquiriendo el uno y esperando el otro, los dos silenciosos, velando atentamente el sueño de aquella pobre mujer que se moría.

Pasaron más días, todos monótonos y tristes como las vibraciones de la campana que anuncia en los cementerios la llegada de los difuntos, y el trágico desenlace de la enfermedad previsto por Montánchez tampoco era un misterio para Alfonso: Consuelo se moría, era preciso ser ciego para no verlo.

Cuando Gabriel se lo advirtió, Sandoval no dijo nada, no se le ocurrió nada, apenas experimentó una pequeña sensación, como si fuere una noticia insignificante que ya supiera desde hacía mucho tiempo: era una insensibilidad absurda, de loco o de imbécil; sus preocupaciones invadían su espíritu desquiciándolo; no aquilataba los hechos que a su alrededor ocurrían, ni que Consuelo, la mujer amada, su encanto, su esperanza, su espíritu bienhechor, su ángel guardián, iba a morir. ¡Morir!... aquella palabra lúgubre llenaba su cerebro produciéndole una noción vaga cuya importancia desconocía.

Una noche se levantaron de la mesa peor humorados que nunca; sabían que el desenlace de la tragedia se acercaba y que sólo algunas horas bastarían para romper aquella situación. Alfonso asomó la cabeza por entre las cortinas que separaban el gabinete de la alcoba; la joven estaba tendida de lado, la cabeza sobre el antebrazo izquierdo, descansando toda ella con el lánguido abandono de una persona profundamente dormida.