Montánchez se acercó al lecho, y Consuelo, cual si hubiese tenido conciencia de su llegada, se cubrió la cara y fué encogiéndose hasta quedar hecha un ovillo, como los chicos cuando se suben las mantas a la cabeza para librarse del coco.
—¡Qué miedo... ya está ahí... se acerca... me callaré, schiii, silencio!...
El médico la miraba con todo el poder fascinador de sus ojos.
—Estoy temblando... que no me sienta...
No dijo más y quedó inmóvil, rendida por un sueño magnético.
Los ataques que sobrevinieron en los días sucesivos tuvieron un desenlace idéntico: en cuanto el médico la miraba, la infeliz histérica enmudecía como amordazada, y ya no volvía a desplegar los labios ni a moverse en muchas horas.
Gabriel Montánchez seguía un plan maravilloso.
Estaba seguro de que Consuelo no viviría más de un mes; la ciencia se lo dijo y la ciencia en ciertos casos no se engaña. La joven se hallaba herida de muerte; tenía una anemia crónica que por sí sola hubiese bastado a destruir su vida; y como si aquel padecimiento obrase con demasiada lentitud, sufría una inflamación en uno de los lóbulos del cerebro que podía causar de un momento a otro la muerte por congestión, y un principio de aneurisma en el cayado de la aorta: la infeliz, por tanto, estaba sentenciada de modo irrevocable, y todo el trabajo del médico, durante aquellas semanas de agonía, se reducía a velar a Consuelo constantemente, para impedir que hablase, resultado que conseguía fácilmente merced a su influencia sugestiva.
Para esto, y amparado por la amistad de Alfonso, pasaba todo el día y gran parte de la noche velando a la enferma y espiando sus palabras con el mismo interés que Sandoval, y, en cuanto el delirio la impulsaba a hablar, torcía instantáneamente con una mirada el curso de sus ideas y sellaba su boca.
Abusando de estos sopores magnéticos, el infame conseguía dos objetos: impedir que revelara inconscientemente su caída y acortar su existencia, pues como los ataques se sucedían casi sin interrupción, apenas tenía tiempo de tomar alimentos entre acceso y acceso, lo cual acrecía enormemente los destructores efectos de la debilidad.