La joven miró hacia el sitio indicado y no pudo responder; su impresión fué tan grande que perdió el conocimiento y empezó a delirar en voz alta y perfectamente inteligible.
—No, no puedo más, ¡qué dolor, si parece que están partiéndome los brazos con tenazas de hierro!... Sobre todo éste, el derecho... so... so... corro... Y esa tempestad, esos rayos malditos, esos truenos que me aturden... Alfonso, ven, que ya no puedo más... ¡ay, ay!...
Su voz se ahogó y sus labios barbotaron algunas palabras que Sandoval no pudo entender.
—No—prosiguió Consuelo esforzándose en sonreír—, si no lloro, ¡qué tontería!... estoy muy bien, muy alegre... tengo los ojos llenos de lágrimas porque he estado picando cebollas... Nadie tiene derecho a averiguar mi historia, nadie... y menos usted, que es una vecina a quien apenas conozco; pero, en fin, para que no crea usted que oculto algo se lo diré todo, sí, señora... como si fuese usted mi confesor. Esta niñita tan mona, tan gordita, con esos ojos tan grandes, es mía, mía sola... ¿que no puede ser?... Ya lo creo, ¿quién lo sabrá mejor que yo, que soy su madre, quien la ha parido?... Ea, es usted tan cabezona que no hay más remedio que ceder... Pues sí... es hija de Alfonso... por eso la tengo vestida siempre con trajecitos azules adornados de encajes blancos, porque esos eran los colores que más le gustaban... Pero luego me dejó... hace ya tres o cuatro años... ¡ay!... ¿Dónde andará?... Me dejó porque me volví muy mala, muy mala; una tía completa. No, él era bueno; no ha nacido ningún hombre más hermoso ni más caballero que él... y no tuerza usted el gesto porque reñimos... Él me dejó porque yo era una perdida, por eso no me quejo... ¡pero si él supiera que yo no tuve la culpa de nada!... Le aseguro a usted que esta niña es de Alfonso; lo juro, vaya... si fuese de otro cualquiera, lo mismo lo diría...
Calló, suspirando honda y largamente.
—¡Ah, sí!—continuó—, esas manchas no sé de qué serán... ¡Cuidado si eres fastidioso!... ¿Cómo he de decir que no me acuerdo?... Serán de tinta o de betún...
Lanzó una carcajada corta y estridente, y luego se puso muy seria; frunció las cejas y levantó un poco la cabeza, procurando percibir un ruido lejano.
Entonces se oyeron el repiqueteo de un timbre y los pasos de la doncella que salió a abrir: después entró en el gabinete Gabriel Montánchez.
—¿Duerme?—dijo.