—Porque yo no quería verle; ya sabes que siempre me fué antipático, pero hoy me es más repulsivo que nunca... ahora, por tanto, necesito, más que nunca, vivir lejos de él... Si yo estuviese buena o convaleciente, te instigaría a que me sacases de Madrid, mas no hablemos de esto porque sé que de esta cama no he de levantarme. Estoy enferma, Alfonso mío, muy enferma... y mi mal es incurable: lo tengo metido en mi corazón, en mi sangre, tan hondo, tan hondo, que es imposible llegar a él con ninguna medicina... Deja que concluya—agregó, viendo que Alfonso quería hablar—, me quedan pocas fuerzas y temo se agoten antes de decir todo lo que pienso. Comprendo que siempre fuí una niña mimosa y lunática, cuyos juicios raras veces has tomado en cuenta. Yo, que puedo ahora examinarme bien, porque he dejado de parecerme a la Consuelo de antes, no te recrimino por ello; tenías razón... siempre he sido una cabeza de chorlito, sin más virtud que la de amarte con toda mi alma... Óyeme con atención y ten fe en mis palabras, que los locos y los moribundos dicen las verdades, y a mí poca vida me queda. Pues bien, como iba diciendo... he tenido poco juicio, pero en cambio tuve una penetración extraña, una doble vista que me permitía adivinar lo que mi pobre entendimiento no razonaba: no acierto a explicarte de dónde procede esta voz sobrenatural que habla en mí, pero la siento resonar clara y distintamente en mi interior y sé que nunca me engañó... Esa voz siempre me ha prevenido contra Montánchez y hecho sentir hacia él aversión invencible; parece lo más natural, lo más lógico, puesto que yo le odiaba, que ese hombre hubiese vivido fuera de mi intimidad más que otro cualquiera, y, sin embargo, el Destino, por conducto tuyo, me le puso constantemente delante de los ojos... Tú, desde antes de casarnos, me hablabas de él; tú me lo presentaste en el teatro; tú, venciendo mi repugnancia y su retraimiento, le aficionaste a frecuentar nuestra amistad; por ti empezó a curarme, finalmente...

—¿Pero me acusas de haber provocado alguna desgracia?—preguntó Alfonso sin poder contenerse—; ¿te ha ofendido ese hombre?... Habla, Consuelo, por Dios; no es amigo mío quien te ofenda... si él te ultrajó, aún vivo yo para arrancarle las entrañas... ¿Por qué te detienes?... ¿A dónde vas a parar?...

—No te enfades, porque me asustas—dijo ella hablando con dificultad—, y ya sabes que las impresiones me son funestas. Lo que iba a decir era que, pues hasta aquí me has contradicho forzándome a aceptar su amistad, no sigas violentándome en lo sucesivo. Alfonso, sé cariñoso como siempre lo fuiste para mí y cede una vez más; éste es uno de los postreros favores que te pido... ¡y es tan pequeño!... No quiero ver a tu amigo, deseo morir tranquila junto a ti, sin ver a nadie, y si él se presentara moriría rabiando... Quiero estar sola contigo, entregada a ti, ya que soy completamente tuya... Háblame... ¡tengo tanta necesidad de oír tu voz y de recibir tus besos!...

La enferma calló sofocada por los suspiros que subían a su garganta y rompió a llorar.

—Consuelo—exclamó Sandoval—, tú sufres alguna desgracia, tú has sido víctima de una asechanza inicua; me lo dicen mi amor y mis celos, que no se engañan: tú me quieres, lo sé, pero disimulas en esta ocasión por no disgustarme, y haces mal... quiero saberlo todo, ¡todo!... aunque la rabia me ahogue después de oírte... ¡Habla; te lo ruego por caridad, como un esclavo... te lo exijo como marido... habla!...

—No oculto nada—repuso ella con acento desmayado—, no hables así, me infundes miedo.

—Y entonces, esas señales que tienes aquí, ¿de qué provienen?

Fuera de sí, no podía contenerse más tiempo.

—¿Cuáles?—exclamó Consuelo abriendo mucho los ojos y mirando espantada a su alrededor.

—Éstas que tienes aquí, en los brazos... no lo niegues, porque hasta ahora creí que sólo había un infame y si te obstinas en fingir, Consuelo... creeré que hay dos.