Montánchez tenía demasiado mundo para no comprender lo que en el ánimo de su amigo sucedía: el lenguaje lacónico y duro empleado por Sandoval para llamarle, la sequedad de su recibimiento y el marcado retintín con que pronunció ciertas palabras, le revelaron que sospechaba la traición de que había sido víctima.

Otras razones no menos poderosas concurrieron a corroborar su pensamiento; al acercarse al lecho de Consuelo para pulsarla, vió que los brazos de la joven estaban señalados en ciertos sitios por dos manojitos de manchas negras, y supuso cuerdamente que aquellas señales pusieron a Sandoval sobre la pista del crimen: lo que Alfonso ignoraba era el nombre del criminal y esta ignorancia fué la que Montánchez quiso prolongar indefinidamente, aun cuando la empresa durase años.

Después que pasó el ataque nervioso motivado por la visita del médico, Consuelo se incorporó en la cama y con un aplomo que sorprendió a Sandoval:

—Alfonso—dijo posando sobre su marido una mirada llena de dolor—, ¿Montánchez va a volver?

—Sí, hermosa, le he llamado para que te cure, porque los otros médicos son unos burros que no ven más allá de sus narices.

—¡Ah!... ¿Tú le llamaste?

—Sí, porque él no quería venir, temiendo que su presencia te impresionase desagradablemente.

La miró procurando sorprender el efecto que en ella causaban estas palabras; pero Consuelo, que parecía sumida en graves cavilaciones, se pasó la mano por la frente y repuso con la impasibilidad de un sonámbulo:

—¡Qué fatalidad!... ¡Tú, siempre tú!

—¿Por qué dices eso?