—¿Te importa saberlo?

Sandoval miró al médico fijamente, no sabiendo si atribuir la ingenuidad de sus respuestas a su inocencia o a su descaro; pero la escasa luz que atravesaba los visillos de la ventana le impidió ver la expresión impasible de Gabriel.

—Pues bien, cúrala tú, que sabes el origen de su enfermedad.

—Lo supongo, pero puedo equivocarme.

—No, Gabriel; tú no lo supones, tú lo sabes...

—Te engañas.

—¡Mentira! Tú lo sabes... por consiguiente no caminas a ciegas.

Montánchez no respondió y se acercó a la enferma. Inmediatamente los ojos de Consuelo, cual si hubiesen adivinado la mirada del médico, empezaron a parpadear y después todo su cuerpo vibró con un temblor nervioso: entonces Montánchez la cogió una mano y ella, como si acabase de recibir la descarga de una máquina eléctrica, despertó súbitamente lanzando un grito. Al fijarse en el médico sus ojos, expresaron un terror supremo; abrió la boca y sin poder articular palabra ninguna se desvaneció.

Cuando la intensidad del ataque hubo pasado, Gabriel se levantó para marcharse.

—La enfermedad—dijo—reviste los caracteres de costumbre, y por tanto no desconfío de poder curarla: todos los días vendré y lucharé hasta el fin; en el poder de la sugestión fundo mis esperanzas.