—Psch... ¿Llueve mucho?

Ella corrió al balcón y levantando los visillos:

—¡Qué atrocidad—dijo—, no se ve a cuatro metros! ¡Qué modo de caer agua!... En toda la Puerta del Sol hay dos personas. Pero, chico, si los tranvías parecen submarinos y los pobrecitos caballos tienen un canalón en cada oreja...

Dejó caer la sutil cortinilla y fué a sentarse sobre las rodillas de Sandoval.

—¿Conque, vas a salir?

—¡Diantre... no sé!...

Consuelo sintió uno de aquellos vehementes arrebatos mimosos que la transfiguraban en otra mujer.

—Bien mío, no salgas, complace esta vez a tu mujercita. El tiempo es malo, llegas al Casino mojado de pies a cabeza, manchado de barro, tiritando de frío... ¿y para qué? Para ganar o perder una partida de tresillo: mientras que aquí estás abrigadito, con los pies calientes y, sobre todo, junto a mí, que te adoro. Verás: jugaremos al tute, al ajedrez, me contarás cuentos... ¿verdad que sí? ¡Concho, hijo, cuánto tardas en responder!... Di, ¿te quedas?... ¿Eh?... ¿Te quedas?...

Realmente Sandoval ya estaba decidido a quedarse, pero no quiso rendirse tan pronto.

—Acceder a esto—dijo—no es cuestión de cariño, porque las pequeñeces no merecen tenerse en cuenta. Lo que te quiero lo sabrás algún día, si llega el caso. Yo me quedaría, ¡pero eso de no ir al Casino, ni un ratito siquiera, es horrible!... La vida de Círculo llega a ser para ciertos hombres, para mí, verbigracia, una segunda naturaleza.