Consuelo hizo un gesto impaciente.

—¡Qué Casino ni qué concho! Siempre estás mortificándome; es lo primero que te pido y luego...

—Digo esto—agregó él complaciéndose en verla apurada—, porque prescindir del Casino equivale a renunciar a la tertulia de mis amigos, al riquísimo café que allí se bebe, a la sonrisa del criado que está en el guardarropa y me ayuda a quitarme el gabán, a los asaltos que riñen los aficionados en la sala de armas... y a otra multitud de atractivos; ¡celebraría que las mujeres tuvieran también sus círculos para que apreciases cuánto vale todo esto!... Pero el hombre es débil, y Hércules, hilando a los pies de Onfala, es el ejemplo que mejor demuestra cuán grandes son el imperio y poderío que las faldas tienen sobre los pantalones; por eso yo, que te quiero tanto o más que Hércules a Onfala, también me rindo a tus súplicas, bribonzuela, y con tal de verte alegre renuncio a todo y... ¡me quedo!

Ella, enajenada de gozo y no sabiendo cómo demostrar su regocijo, acomodóse en el suelo entre las piernas de él, los brazos apoyados sobre sus rodillas, besándole las manos. Alfonso sonreía satisfecho, acariciando aquella frente preciosa cubierta de abundantes cabellos negros que ponían a su cara un marco de azabache. Luego estuvieron contemplándose, dictando con sus miradas un idilio mudo.

—¿Me quieres mucho?—preguntó Consuelo.

—Más que el primer día de casados, y nunca he sido tan feliz como hoy: creo que ni en el paraíso cristiano, con sus santos repletos de teología y sus once mil vírgenes insulsas y rezadoras, ni en el edén musulmán poblado de huríes ardientes, puede estarse mejor que aquí: esto es un ensueño de opio y hasta me creo un sultán vestido a la europea, y tú una sultana más hermosa y discreta que Schéhérazade.

—¿Se te quitará el mal humor? ¿Serás bueno y tolerante para mí? ¿No volverás a reñirme?...

—Tonta; defendiendo tu bienestar soy para los demás una fiera; para ti, siempre seré un niño.

Consuelito, aburrida de permanecer en el suelo, quiso cambiar de posición, mas no acertaba a colocar cómodamente las piernas.

—¡Concho, siempre me lastimo!