Harta de removerse inútilmente, acabó por estirarlas, dejando al descubierto sus pantorrillas: tenía medias negras.
—¡Qué vergüenza!—exclamó Alfonso tapándose los ojos—; ¿le parece a usted eso decente?
—¿El qué, concho?
—Esas dos cosas negras que te asoman por debajo de las faldas.
—Y, ¿qué importa?
—¿Cómo?... ¿No es un delito tenerme siempre el ánimo en pecado mortal?
Ella, bruscamente, se levantó.
—¡Ah, está bien—dijo—, te disgustan!... Pues no volverás a verlas en toda tu vida, lo juro. Eso ya no es para nadie.
Parecía enfadada y corrió a echarse en el sofá, al otro extremo del gabinete. Después, sin saber por qué, comenzó a ponerse seria, muy seria; sus cejas se fruncieron; plegó los labios gravemente.
El crepúsculo fué breve y la noche cerró en seguida; la luz de los faroles atravesaba los cristales del balcón dejando en el techo ligeros resplandores que se movían en indeciso aquelarre.