Como la joven no depusiese su actitud esquiva, Sandoval la llamó.

—Acércate, quiero descubrirte un secreto al oído...

La requerida continuó impasible; él agregó incomodándose:

—¿Para eso me retuviste con tus ruegos? ¿Para luego ponerte a ensayar mojigangas?

—Pues... ¿por qué no quieres verme las piernas?

—Vaya, basta de tonterías, chiquilla mal criada.

—No haberlo dicho.

—Tonta.

—Mejor que mejor.

—Si quieres reconciliarte conmigo, ven aquí.