—¡No, ven tú!

—¡Eres más empalagosa que un tarro de almíbar! ¿Qué? ¡Haces lo que mando o me marcho y no vuelvo hasta la madrugada!

Consuelo reanudó su llanto, lanzando a cortos intervalos largos y entrecortados suspiros. Alfonso, compadecido, acercóse a ella; seguía tendida con abandono delicioso; bajo su traje negro, sencillo como el de una colegiala, se bocetaban las formas lujuriantes del cuerpo, y estaba tentadora, con esa seducción irresistible que tienen las mujeres bonitas cuando lloran de amor.

—Niña, no te excites, procura serenarte—dijo Sandoval—; levanta la cabeza; ya me tienes aquí. Ea, ¿qué?... ¿te pasó el mal humor?

—No. ¿Por qué me llamaste empalagosa? Hijo, yo debo de darte náuseas; las cosas muy dulces repugnan.

Decía esto abriendo mucho los ojos y arqueando las cejas con adorable expresión inocente: Alfonso la abrazó conmovido, murmurando:

—¡Pobre enfermita!

—No estoy enferma; ésas son calumnias que el mundo inventa para atormentarme. Lloro porque me tratas muy mal, porque no me quieres, porque te aburre en mí todo lo que antes te divertía, porque soy para ti menos que una esclava... Menos, sí; pues yo he oído contar que muchos hombres quieren a sus esclavas como a sus propias mujeres...

—¡Loca... locuela... loquilla!...

—Eso querría yo, eso... porque prefiero morir loca a que me abandones. Desgraciadamente no será así. Me lo aseguran tu manera de comportarte conmigo, tus miradas, tus atenciones, que más parecen dictadas por el deber que por el cariño; tu conversación...