Sandoval estaba perplejo, no sabiendo si entristecerse y tomar la cuestión por su lado serio, o si reír.

—¡Ay, maridito mío!—exclamó de repente Consuelo—: yo tengo muchas ganas de llorar.

—¡Cómo, tontuela! ¿qué motivo tienes?

—No sé, quizá ninguno, pero siento sobre el pecho un peso muy grande que me impide respirar, y estoy cierta de quitármelo llorando.

—Pues llora.

—Es que no puedo...

Volvió a reclinarse en el sofá, prorrumpiendo en sollozos fingidos; luego se sentó, oprimiéndose el pecho; pero las lágrimas no corrían, y tal fué su desesperación que llegó a pegarse un vigoroso cachete en la cara. El dolor permitió que los ojos se humedecieran momentáneamente, pero en seguida volvieron a secarse.

—¡Virgen, qué nerviosa estoy!... Alfonso, dime algo, hazme algo, para que llore...

Se retorcía los brazos como un reo en la tortura.

Sandoval la llevó al lecho, pero Consuelito Mendoza, insensible a sus halagos, dejóse caer en la cama, sollozando furiosamente, pugnando por derramar aquellas lágrimas rebeldes que se obstinaban en no correr. Su excitación nerviosa fué aumentando, empezó a revolcarse y llegó a tirarse del pelo.